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La moral está en el cerebroDomingo, 11 Mayo, 2008
Nuestro cerebro prefiere desperdiciar... con equidad. En Science del viernes pasado, Greg Miller publica un brillante ensayo: “The Roots of Morality”. No se lo pierda. Es extenso, revisa desde aspectos filosóficos hasta las novedades de los últimos años en neurobiología y sus relaciones con los procesos cognitivos. Ábralo en www.sciencemag.org/cgi/content/full/320/5877/734
Miller menciona el más reciente estudio al respecto, publicado también este viernes en la versión en línea de Science. Mientras los cerebros de los participantes eran observados con fMRI (que permiten ver al cerebro en vivo y trabajando), el equipo encabezado por Ming Hsu analizó las respuestas a dilemas como éste: si las condiciones al repartir comida lo exigen, qué prefiere usted ¿reducir su porción a un solo niño, o reducir el total de comidas, pero distribuyendo las pérdidas?
Es el viejo dilema de la izquierda: Cuba es más pobre que México, pero su pobreza está repartida al parejo En otros términos: más alimentos, aunque peor repartidos, o menos alimentos destinados a todos. El hambre de uno o el hambre de todos. ¿Prefiere la eficiencia o la equidad?
Los dilemas morales no son nuevos y circulan profusamente: a quién lanzar al mar cuando una balsa zozobra por peso excesivo de sus ocupantes; los sobrevivientes de un avión accidentado ¿pueden comerse a un herido para no morir todos? Si la pregunta es acerca de un cadáver, hay poca duda: ya ha ocurrido. Un equipo de la Universidad de Virginia toma una aproximación experimental al investigar la moral, tema de incontables disertaciones filosóficas y psicológicas en las que hay poco acuerdo. Uno de los coautores del estudio, Jonathan Haidt, sostiene que la gente se fía en la reacción de sus tripas más que en la de la razón al elegir entre lo correcto y lo incorrecto. No es sino después de haber tomado la decisión cuando se emplea la razón para justificarse. No es muy distinto de lo que ocurre al visitante de un museo al toparse con pinturas que lo afectan, aunque no logre explicar el porqué. Hay un creciente consenso, entre investigadores, de que los juicios ocurren muy rápido y el razonamiento consciente explícito no ocurre “where the action is”, dice Haidt.
Estos automatismos sugieren que el cerebro humano posee instintos morales interconstruidos (built-in). Los neurocientíficos han encontrado mecanismos neurales subyacentes. (Un par de libros maravillosos al respecto: El error de Descartes y En busca de Spinoza, de Antonio Damasio). Que la moral se matiza en cada cultura es evidente hasta lo trivial. Pero hay el equivalente moral de esa gramática generativa de Chomsky expresada en millares de idiomas. La moral puede así observarse bajo la lente de la evolución.
En el estudio de la repugnancia por ciertos actos se ha empleado el dilema del tranvía: un tranvía sin control va directo hacia cinco trabajadores inermes, la única forma de salvarlos es mover una palanca que cambia la vía... y mata sólo a uno. ¿Usted la mueve y salva a cinco... al precio de uno? O prefiere dejar la responsabilidad al azar y la fuerza de gravitación. Quizá la mueve. Pero, si la única forma de salvar a los cinco es arrojar a un gordo al paso del tranvía... Es lo mismo en resultados; no lo es para el cerebro.
Son opciones no muy realistas. De ahí que se prefiera observar imágenes del cerebro ante elecciones posibles. En el artículo en línea citado, Ming Hsu, Cedric Anen y Steven R. Quartz, investigadores de la Universidad de Illinois y del Instituto de Tecnología de California, escanearon cerebros de voluntarios mientras decidían un caso real de cómo distribuir donaciones para un orfanato en Uganda.
Se dijo a los participantes que cada niño recibiría el equivalente monetario de 24 comidas, ayuda real ofrecida por el equipo. Algunas comidas deberían eliminarse de las porciones. En un caso, podían tomarse 15 comidas de un solo niño; o bien, 13 comidas de uno y 5 de otro, con pérdida de 18. En el primer caso, las comidas perdidas son menos, pero la reducción recae en un solo niño. En el segundo, reciben menos comidas, pero la pérdida se reparte. De forma abrumadora, los participantes prefirieron entregar menos comidas con mayor reparto de las pérdidas. La inequidad les pareció más intolerable que la ineficiencia.
Los escaneos cerebrales mostraron que algunas regiones cerebrales —ínsula, putamen y núcleo caudado—se activaron de diversa manera y en diversos momentos del proceso, dice Hsu. La ínsula varió en relación a los cambios de equidad; el putamen, con cambios en la eficiencia. El núcleo caudado pareció integrar ambos aspectos una vez que la decisión estaba tomada.
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De las neuronas espejo a la neuropolítica moral
Gary Olson
Zspace
Traducido para Rebelión por Anahí Seri
En todo el mundo, los profesores, sociólogos, políticos y padres están descubriendo que la empatía puede ser la cualidad más importante que hay que alimentar para darle a la paz la oportunidad de vencer.
Arundhati Rai
Las directrices oficiales no necesitan ser explícitas para que se las comprenda bien: no debe permitirse que demasiada empatía se mueva en direcciones no autorizadas.
Norman Solomon
Steven Pinker, el psicolingüista de Harvard, concluye un reciente artículo sobre la ciencia de la moralidad (2008) con estas palabras de Antonio Chejov, desafiantes pero llenas de esperanza: "El hombre llegará a ser mejor si le muestras cómo es." En este contexto, la fundación sin ánimo de lucro EDGE recientemente preguntó a algunos de los científicos más eminentes del mundo "¿Qué le hace sentirse optimista? ¿Por qué?" Como respuesta, el destacado neurocientífico Marco Iacoboni cita el trabajo experimental que se está prodigando sobre los mecanismo neuronales que revelan que los humanos están "cableados para la empatía". Se trata del descubrimiento, relativamente reciente, del sistema de neuronas espejo (SNE).
El optimismo de Iacoboni se funda en su convicción de que, al divulgarse estos hallazgos científicos, estos recientes descubrimientos de neurociencia calarán en la conciencia pública y ".... este nivel explícito de comprensión de nuestra naturaleza empática en algún momento disolverá los sistemas masivos de creencias que dominan nuestras sociedades y amenazan con destruirnos." (Iacoboni, 2007, p. 14, 2008).
Lo que subyace a todo esto son los experimentos neurocientíficos que muestran que cuando uno percibe el dolor de los otros se movilizan automáticamente los mismos circuitos neuronales afectivos que cuando siente su propio dolor.
En 1996, a través de grabaciones de una sola célula en los macacos, los investigadores informaron del descubrimiento de un tipo de células del cerebro denominadas "neuronas espejo" (Gallese, 1996). Situadas en el área F5 de la corteza premotora, estas neuronas espejo disparaban no sólo cuando el mono realizaba una acción, sino también cuando el mono observaba a otro realizando la misma acción. Las neuronas del mono reflejaban, como en un espejo, la actividad que estaba observando. Posteriormente, cartografiando las regiones del cerebro humano mediante la Resonancia Magnética funcional (RMf), se descubrió que las áreas humanas de las que se suponía que contenían neuronas espejo también comunicaban con el sistema límbico, o emocional, facilitando la conexión con los sentimientos de otra persona, probablemente reflejando estos sentimientos. Se cree que estos circuitos neuronales constituyen la base del comportamiento empático, en el cual las acciones en respuesta a la aflicción de los demás son prácticamente instantáneas. Como dice Goleman, "el que este flujo de la empatía a la acción ocurra de modo tan automático hace pensar en unos circuitos dedicados precisamente a esta secuencia." Por ejemplo, cuando uno oye el grito angustiado de un niño, "la aflicción que siente impulsa la necesidad de ayudar" (Goleman, 2006, p. 60).
La existencia de la empatía, de neuronas espejo, no era más que una inferencia a partir de estos estudios de RMf. Pero en 2007, Iacoboni, el neurocirujano Itzhak Fried y sus asociados en la Universidad de California en Los Angeles (UCLA) estudiaron la actividad cerebral en personas a las que Fried ya había cableado, intentando dar con los orígenes de los ataques de epilepsia. Insertando electrodos en los lóbulos frontales, este equipo de científicos identificó varias neuronas espejo que se activaban con la realización y también con la observación de una actividad.
Valayanur Ramachandran, director del Centro del Cerebro y la Cognición en la Universidad de California en San Diego (UCSD), observa: "Decíamos, usando una metáfora, 'siento el dolor del otro', pero ahora sabemos que mis neuronas espejo pueden sentir, literalmente, tu dolor." (Slack, 2007). Ramachandran, que las llama "neuronas de empatía" o "neuronas Dalai Lama", escribe que "Esencialmente, la neurona es parte de una red que te permite ver el mundo "desde el punto de vista de otra persona", de ahí el nombre 'neurona espejo' ". (Ramachanddran, 2006).
Giacomo Rizzolatti, el neurocientífico italiano que descubrió las neuronas espejo, señala que este sistema cableado es lo que nos permite "captar las mentes de los demás no a través de un razonamiento conceptual sino a través de una estimulación directa de los sentimientos, no con el pensamiento" (Rizzolatti en Goleman, 2006). Como hace notar Decety, la empatía nos permite "forjar conexiones con gente cuyas vidas parecen totalmente ajenas a nosotros" (Decety, 2006, p.2). Cuando se carece de una experiencia comparable, esta "empatía cognitiva" se construye sobre la base neural y nos permite "proyectarnos activamente dentro de otra persona" intentando imaginar la situación de la otra persona (Preston, en prensa), Preston y de Waal (2002). La empatía está "dirigida hacia el otro" y reconoce la cualidad humana del otro. No es sorprendente que algunos científicos piensen que el descubrimiento de las neuronas espejo es el hallazgo neurológico más importante desde hace décadas, y que podría rivalizar con lo que el descubrimiento del ADN significó para la biología. (Ramachandran, 2006).
Hay un paralelismo entre la neurociencia de la empatía y las investigaciones que se están desarrollando en campos relacionados. Hace unos cuarenta años, la célebre primatóloga Jane Goodall observó y escribió sobre las emociones de los chimpancés, sus relaciones sociales y la "cultura de los chimpancés", pero los expertos mantuvieron un gran escepticismo. Hace una década, el famoso etólogo especialista en primates Frans B.M. de Waal (1996) escribió sobre los antecedentes de la moralidad en "Bien Natural: Los orígenes del bien y del mal en los humanos y los otros animales", pero el consenso científico aún se hacía de esperar. Todo ello ha cambiado. Como afirma un reciente editorial de la revista Nature (2007), hoy es un "hecho incontestable" que las mentes humanas, incluidos los aspectos del pensamiento moral, son el producto de la evolución a partir de primates anteriores. Según de Waal, "ya no hay debate". En su obra más reciente, de Waal argumenta de forma convincente que la moralidad humana – incluida la capacidad de sentir empatía – es un subproducto natural, o una herencia de comportamiento de nuestros parientes evolutivos más próximos.
Siguiendo a Darwin, unos estudios muy sofisticados hechos por los biólogos Robert Boyd y Peter Richerson postulan que la cooperación a gran escala dentro de la especie humana (incluso con individuos no emparentados genéticamente dentro de un grupo) fue favorecida por la selección. (Hauser, 2006, p. 416) La evolución selección el rasgo de la empatía porque el hecho de entenderse con los demás entraña ventajas para la supervivencia. En su libro People of the Lake ("La gente del lago")(1978), el paleoantropólogo de fama mundial Richard Leakey declara categóricamente: "Somos humanos porque nuestros antepasados aprendieron a compartir su comida y sus habilidades en un red de compromisos que se cumplían."
Hay estudios que demuestran que la empatía está presente en niños de muy corta edad, incluso de 18 meses o aún menores. En el mundo de los primates, Warneken y sus colegas en el
Instituto Max Planck de Leipzig, Alemania, hallaron recientemente que los chimpancés prestan ayuda incluso a chimpancés no emparentados y a humanos que no conocen, aún cuando eso les supone una molestia y sin que tengan expectativas de recompensa. Esto sugiere que la empatía puede explicar esta tendencia natural de ayudar, y que fue un factor en la vida social del antepasado común de chimpancés y humanos cuando sus líneas se dividieron, hace unos seis millones de años (New Scientist, 2007; Warneken y Tomasello, 2006). Actualmente ya no se cuestiona que compartimos las facultades morales con otras especies (de Waal, 2006; Trivers, 1971; Katz, 2000; Gintis, 2005; Hauser, 2006; Bekoff, 2007; Pierce, 2007). Pierce señala que hay "innumerables anécdotas de elefantes que muestran empatía hacia animales enfermos y moribundos, emparentados o no (2007, p. 6). Y recientes investigaciones en Kenia demuestran de forma incontestable el duelo exteriorizado del elefante, su empatía hacia otros elefantes muertos.
Mogil y su equipo en la Universidad McGill demostraron recientemente que los ratones sienten ansiedad cuando observan a otros ratones que sienten dolor. Concluyeron, de forma provisional, que los ratones empleaban pistas visuales para la generación de esta respuesta empática (Mogil, 2006; Ganguli, 2006). De Waal responde así al estudio: "Se trata de un hallazgo muy significativo, que debería abrir los ojos de la gente que piensa que la empatía se limita a nuestra especie." (Carey, 2006)
Además, Grufman y otros científicos en los Institutos Nacionales de Salud han proporcionado pruebas persuasivas de que las acciones altruistas activan una parte primitiva del cerebro, dando lugar a una respuesta placentera (2007). Y las recientes investigaciones de Koenigs y sus colegas (2007) indican que dentro de la corteza prefrontal, la corteza prefrontal ventromedial (VMPC) es necesaria para las emociones y los juicios morales. Los daños en la VMPC se han relacionado con comportamientos psicópatas, y los individuos con tendencias psicópatas muestran una gran carencia de empatía. (Blair, 2005, pp. 53-56)
Un estudio a cargo de Miller (2001) y sus colegas sobre la demencia frontotemporal (DFT) también resulta instructiva. La DFT ataca los lóbulos frontales y los lóbulos temporales anteriores, donde reside la conciencia de sí mismo. Un primer síntoma de DFT es la pérdida de empatía, y la actividad de las ondas cerebrales de las neuronas espejo en los individuos autistas muestra que no disparan correctamente.
Si bien hay razones para mantenerse escéptico (véase más abajo) en relación con las implicaciones políticas progresistas que se desprenden de estos trabajos, un cuerpo de pruebas empíricas impresionantes revela que las raíces del comportamiento prosocial, incluidos sentimientos morales como la empatía, preceden a la evolución de la cultura. Este trabajo apoya los escritos visionarios de Noam Chomsky sobre el instinto moral humano y su afirmación de que, si bien los principios de nuestra naturaleza moral no se han llegado a comprender bien, "no cabe duda de su existencia y de su función central en nuestras vidas intelectuales y morales." (Chomsky, 1971, n.p., 1988; 2005, p. 263)
En su influyente libro "Ayuda mutua"(1902), Petr Kropotkin, naturalista, geógrafo y anarquista revolucionario ruso mantuvo que ". . . en cualquier circunstancia la sociabilidad es la mayor ventaja en la lucha por la vida. Aquellas especies que la abandonan están condenadas a la decadencia." La cooperación proporcionaba una ventaja evolutiva, una "estrategia" de supervivencia natural.
Kropotkin no tuvo inconveniente en admitir la función de la competencia, pero afirmó que la ayuda mutua era un "instinto moral" y una "ley natural". Basándose en sus amplios estudios del mundo animal, pensaba que esta predisposición a ayudarse mutuamente (la sociabilidad humana) era de "origen prehumano". Killen y Cords, en un artículo titulado "Prince Kropotkin's Ghost (El fantasma de Kropotkin)," sugieren que la investigación reciente en psicología del desarrollo y primatología parece confirmar las afirmaciones que hizo Kropotkin hace un siglo (2002).
Así pues, ¿dónde estamos? Si la moralidad tiene sus raíces en la biología, en la materia prima o los ladrillos para la evolución de su expresión, tenemos ahora pendiente un matrimonio fortuito entre las ciencias duras y la moralidad laica en su sentido más profundo. Los detalles técnicos del análisis neurocientífico social que apoya estas afirmaciones quedan fuera de este artículo, pero baste con señalar que se está avanzando a un ritmo exponencial, que los nuevos descubrimientos son persuasivos (Iacoboni, 2008; Lamm, 2007; Jackson, 2006) y nuestra comprensión de la empatía ha aumentado dramáticamente en apenas una década.
Dicho lo cual, uno de los problemas más fastidiosos que quedan por explicar es por qué se ha avanzado tan poco en lo que supone extender esta orientación empática hacia las vidas distantes, a aquellos que se encuentran fuera de determinados círculos morales de camarillas. Es decir, dado un mundo colmado de violencia abierta y estructural, nos vemos obligados a explicar por qué nuestra intuición moral profundamente arraigada no tiene mayor efecto de mejora, por qué no produce un mundo más pacífico. Iacoboni sugiere que esta desconexión se explica por los sistemas masivos de creencias, incluidos los políticos y los religiosos, que operan a nivel de reflexión y deliberación. Como nos recuerda de Waal, desde el punto de vista evolutivo, la empatía es el punto de partida original del cual emanaron la cultura y el lenguaje. Pero a lo largo del tiempo, la cultura filtra e influye en el modo en que la empatía evoluciona y se expresa. (de Waal, 2007, p. 50) Estos sistemas de creencias tienden a invalidar los rasgos automáticos, pre-reflexivos, neurobiológicos que deberían unir a la gente. Iacoboni plantea como hipótesis la presencia de lo que él denomina súper neuronas espejo en el lóbulo frontal del cerebro. Estas super neuronas espejo, más complejas, muy desarrolladas, tal vez controlen a las neurones llamadas de bajo nivel, o clásicas. Esta investigación, que podría considerarse que hoy por hoy constituye la cúspide de los trabajos más avanzados en neurociencias, se encuentra es una fase preliminar, pero es posible que los futuros estudios sugieran cómo la resistencia cognitiva consigue clasificar, inhibir o modular de otro modo las respuestas neurofisiológicas.
Así pues, hay que proceder con cautela. En primer lugar, hay que advertir que el contexto social y las condiciones que desencadenan la respuesta son críticas, ya que, cuando existe una manipulación de la élite, consciente y masiva, se vuelve cada vez más difícil entrar en contacto con nuestras facultades morales. Ervin Staub, un investigador pionero en este campo, admite que incluso si la empatía tiene sus raíces en la naturaleza, las personas no se guiarán por ella ".... a menos que tengan un cierto tipo de experiencias vitales que dirijan su orientación hacia otros seres humanos y hacia sí mismos" (Staub, 2002, p. 222). Como dice Jensen, "El modo en que se nos educa y se nos entretiene evita que nos enteremos, o que entendamos, el dolor de los demás " (2002, 2008). Las circunstancias pueden bloquear o abrumar nuestras percepciones, volviéndonos incapaces de reconocer y dar expresión a nuestros sentimientos morales (Albert, n.d.; y también, Pinker, 2002). Por ejemplo, si se infunde temor de una escasez creada artificialmente, esto puede atenuar la respuesta empática.
Luego están las limitaciones a las que están sujetas las imágenes poderosas que podrían despertar profundas emociones en el público americano. Un ejemplo es la reciente destrucción de las cintas de video de la CIA en las que se ve la tortura de prisioneros. El centro médico regional de Landstuhle, en Alemania, que acoge de forma habitual soldados procedentes de Irak con grotescas mutilaciones, no permite fotografías, y los periodistas son supervisados por escoltas militares. Y sabemos que el Pentágono prohibe la cobertura fotográfica en los medios de comunicación de los restos de soldados que salen de la base aérea alemana Ramstein o de los ataúdes que regresan a Dover, Delaware. (Tami Silco, quien tomo la foto, ahora célebre, de 20 ataúdes envueltos en banderas que salían de Kuwait, perdió su empleo.) Asimismo, se prohíbe la cobertura de los funerales por los caídos, incluso si la unidad da su aprobación.
La segunda nota de advertencia es la observación de Hauser (2006) de que la proximidad fue sin lugar a dudas un factor en la expresión de la empatía. En nuestro pasado evolutivo, el apego a la familia humana más amplia era prácticamente incomprensible y por tanto se carecía de la conexión emocional. Joshua Greene, filósofo y neurocientífico, añade que "Evolucionamos en un mundo en el que teníamos delantea personas en apuros, por tanto nuestras emociones sintonizaban con ellas, pero no nos enfrentábamos al otro tipo de situación." Sugiere que el extender esta moralidad inmediata, ligada a la emoción (basada en circuitos fundamentales del cerebro) a víctimas que no vemos requiere que se preste menos atención a la intuición y más a la dimensión cognitiva. Si este límite no es artificioso, parecería, como mínimo, circunstancial, y así pues merecería que se reevaluará la moralidad (Greene, 2007, n.p.). Dadas algunas de las dimensiones positivas de la globalización, el potencial de identificarse con el "extraño" nunca ha sido más prometedor.
Pero no en todos los casos. Carlisle (2007) señala que a través del empleo de la tecnología (incluido el matar a gran distancia, y nuevos tipos de entrenamiento) el ejército ha intentado desensibilizar y sortear la respuesta empática natural que la mayoría de los soldados sienten hacia sus adversarios. Advierte que "... con menos oportunidades de conseguir unos reflejos del sufrimiento de otros humanos, que dan lugar a la empatía, con el tiempo es posible que nuestra capacidad para la empatía desaparezca del todo." Para un atento estudio de la aversión humana innata hacia quitar la vida, y de cómo el ejército ha condicionado a los soldados para que lo superen (con el consiguiente daño psicológico) la mejor referencia es Lt. Col. David Grossman, On Killing (1996).
Puede ser útil, como sugiere Halpern (1993, p. 169), pensar en la empatía como una especie de chispa de la curiosidad natural, que despierta la necesidad de comprender mejor, y un cuestionamiento más profundo. Sin embargo, nuestra comprensión de cómo o en qué medida se sigue de ahí un compromiso político, sigue siendo muy limitada, y queda mucho trabajo por hacer. Hace casi un siglo, Stein (1917) se refirió a la empatía como a la "experiencia de la conciencia ajena en general". La película Diarios de motocicleta de Salles trata de la empatía, si bien de forma indirecta. La película sigue a Ernesto Guevara de la Serna y su amigo Alberto Granada en un viaje de ocho meses por Argentina, Peru, Colombia, Chile y Venezuela.
Cuando sale de su barrio residencial de clase media alta (su padres es arquitecto) en Buenos Aires en 1952, Guevara tiene 23 años y le queda un semestre para licenciarse en medicina. Los jóvenes se embarcan en una aventura, deciden echar una cana al aire antes de establecerse e iniciar una vida acomodada. Les interesan las mujeres, la diversión y la aventura, y desde luego que ni buscan ni esperan un odisea que cambie sus vidas.
El poder de la película estriba en la forma en que se describe cómo nace la conciencia política de Guevara, a consecuencia de una acumulación de experiencias no filtradas. Durante su viaje de 5.000 km, se encuentran con pobreza masiva, explotación y condiciones de trabajo brutales, todo ello consecuencia de un orden económico internacional injusto. Al final, Guevara abandona la idea de ser médico porque la medicina se limita a tratar los síntomas de la pobreza. Para él, la revolución se convierte en la expresión de la empatía, la única forma efectiva de tratar las raíces del sufrimiento. Esto requiere fusionar el componente cognitivo de la empatía con el compromiso, con la resistencia contra el poder asimético, siempre un acto inherentemente político. Si no, la empatía carece de significado. (Esto guarda un cierto paralelismo con la práctica política de brahma-viharas por parte de budistas comprometidos.) En sus propias palabras, que se citan a menudo (no se incluyeron en la película), Guevara afirmó que "el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor".
Paul Farmer, antropólogo médico, especialista en enfermedades infecciosas y activista internacional de salud pública, contemporáneo, ha adoptado unas tácticas distintas, pero su diagnóstico de las "patologías del poder" se parece mucho al de Guevara. Él también alaba los programas de salud de Cuba, comparándolos con su larga experiencia de trabajo en Haití. Ambos estuvieron muy motivados por la creencia de que las epidemias artificiales tienen su origen en estructuras socioeconómicas injustas, de ahí la necesidad de una medicina social, una "política como medicina a gran escala". Ambos veían la "política como medicina a gran escala"y se comprometieron a actuar en nombre de los pobres. Ambos son un ejemplo excepcional de algo que se sale de la norma social, empatía comprometida y una interrelación de componentes afectivos, cognitivos y morales. Véase la radical crítica que hace Farmer de la violencia estructural y las conexiones entre enfermedad y desigualdad social en (Farmer, 2003; Kidder, 2003). Una vez más, queda por explicar por qué hay tal escasez de ejemplos de comportamiento empático en el mundo real. ¿Por qué se caracteriza la cultura de USA por un déficit masivo de empatía de proporciones casi patológicas? ¿Y que cabría esperar, razonablemente, de una comprensión pública más amplia de la naturaleza de la empatía?
Hauser postula una "gramática moral universal", cableada en nuestros circuitos neurales a través de la evolución; esta maquinaria neural es anterior a las decisiones conscientes en situaciones de vida o muerte. Sin embargo, ovservamos que "la crianza entra en juego para fijar los parámetros y guiarnos hacia la adquisición de unos sistemas morales particulares." En otro lugar, Hauser sugiere que los factores ambientales pueden impulsar a los individuos hacia una razonamiento moral defectuoso, y los diversos resultados para una cultura local dada son prácticamente ilimitados. (Hauser, 2006) Para mí, esta discusión sobre la variación cultural no presta suficiente atención a las variables socioeconómicas responsables de configurar la cultura. Como argumenta Goldschmidt, "todo tiene que ver con la calidad de la justicia y la disponibilidad de oportunidades " (2006, p. 151) Anteriormente, Goldschmidt (1999, n.p.) había razonado que "unos motivos derivados de la cultura puedn sustituir, suplemetar o dejar sin efecto un comportamiento programado genéticamente."
Insisto en ello: los datos neurofisiológicos apoyan decisivamente la idea de que la moralidad se funda en la biología. Como plantea Greene, no es algo que recibamos "desde arriba", de las altas autoridades religiosas o los filósofos, sino algo que surge "desde abajo", como consecuencia de los procesos evolutivos del cerebro. (Greene en Vedantam, 2007). Ahora bien, como Rizzolatti y Craighero (2006) hacen bien en recordarnos, "Para usar el mecanismo de espejo (un mecanismo biológico) estrictamente de una forma positiva, hace falta añadir algo, algo cultural."
No se puede defender ni una explicación biológica reductivista ni un argumento en el sentido de que "la cultura siempre puede más que la naturaleza". En vez de eso, yo me siento cómodo con lo que el teórico político William Connolly (2002) describe como ". . . una política a través de la cual la vida cultural interviene en la composición del proceso cuerpo / cerebro. Y vice versa." (Connolly, quien que yo sepa es la primera persona que utiliza el término neuropolítica, no se ocupa, en su erudito estudio, de la relación entre las neuronas espejo y la política de la empatía.)
El reciente trabajo de Molnar-Szakacs y sus colegas sugiere que los estímulos culturales producen una impronta e influyen en determinadas respuestas neurobiológicas, y en el comportamiento subsiguiente. Además, la cultura y la identidad étnica de quienes transmiten el mensaje parecen constituir una variable crítica. Empleando la estimulación magnética transcraneal (EMT) encontraron una diferencia significativa, mensurable, en la actividad de las neuronas espejo en sus sujetos, según la persona que transmitía la información compartiera, o no, las características culturales y étnicas del sujeto. Molnar-Szakacs concluyen: "Nuestros datos demuestran que tanto la etnicidad como la cultura interaccionan para influir en la actividad del cerebro, específicamente dentro de la red de neuronas espejo que interviene en la comunicación e interacción social." (Molnar-Szakacs, 2007; Preston, 2006; y en prensa). Si bien parece precipitado extraer conclusiones firmes de esta investigación muy preliminar, sin duda está garantizado que se va a seguir investigando sobre los lazos entre la cultura y la codificación de las neuronas espejo, sobre todo por la posibilidad de unas profundas implicaciones políticas.
Aquí volvemos a nuestra cuestión anterior sobre la relativa ausencia de respuestas empáticas amplias dentro de la sociedad. Las culturas rara vez son fenómenos neutros, inocentes, sino que se organizan conscientemente para premiar a determinadas personas y penalizar a otras. Como Parenti (2006) razona convincentemente, determinados aspectos de la cultura pueden funcionar como instrumentos de poder social y dominio social a través del adoctrinamiento ideológico.
La cultura es un terreno muy reñido, y su estudio puede revelar cómo se ejerce el poder, y en nombre de quién. Aquí el manual es el análisis clásico de Gramsci (1971) de la hegemonía cultural en la cual el capitalismo mantiene el dominio, en parte, creando de modo sutil pero activo las normales culturales que prevalecen en la sociedad. Este control consensuado se logra a través de los medios de comunicación de masas, la educación, la religión y la cultura popular, a medida que las clases subordinadas asimilan ciertas ideas como "sentido común".
Cohen y Rogers, analizando la crítica de Chomsky de las elites, señalan que " Una vez que existe un orden injusto, quienes se benefician de él tienen un interés por mantenerlo, y, en virtud de sus ventajas sociales, tienen también el poder para hacerlo." (Cohen, 1991, p. 17) (Véase un tratamiento conciso, pero no carente de crítica, de los puntos de vista sociales y éticos de Chomsky en Cohen, 1991.) Claramente, la tan alardeada capacidad humana para la comunicación verbal funciona en ambos sentidos. En las manos equivocadas, a menudo se abusa de esta capacidad, ahogando conscientemente la respuesta empática. Cuando de Waal escribe "Los animales no son filósofos morales", yo me pregunto, si al hacer esta comparación, no se estará manifestando a favor de ellos. (de Waal, 1996b, n.p.)
Uno de los métodos que se emplean en las democracias capitalistas es la "fabricación del consentimiento" de Chomsky y Herman, una forma muy sofisticada de control del pensamiento. A los ciudadanos potencialmente activos hay que " distraerlos de sus intereses reales, y confundirlos deliberadamente sobre el modo en que funciona el mundo." (Cohen, 1991, p. 7; Chomsky, 1988)
En este ensayo, y siguiendo a Chomsky, yo mantengo que el cerebro humano es el primer objetivo de esta "crianza" perversa, o propaganda. En el contexto de este artículo podríamos reformularlo diciendo que la red de neuronas espejo del cerebro humano es el objetivo al que va dirigida esta fabricación de ignorancia e indiferencia porque la exposición a determinadas nuevas verdades acerca de la empatía (pruebas incontestables de nuestra naturaleza moral innata) suponen una amenaza directa a los intereses de las elites. No hay ningún fantasma en la máquina, pero la maquinaria capitalista intenta mantener a la gente a raya con un fantasma ideológico, la noción de una identidad construida sobre los valores de mercado. Pero ". . . si nadie se viera a sí mismo como el capitalismo necesita que se vea, la propia dignidad de cada persona evitaría que el sistema los explotara y manipulara." (Kelleher, 2007) Es decir, dada la aparente universalidad de esta predisposición biológica hacia la empatía, contamos con una potente línea de fondo científica desde la cual lanzar nuevas críticas a la manipulación por las elites, este culto a la crueldad.
En primer lugar, los orígenes evolutivos y biológicos de la empatía aportan pruebas empíricas sólidas (no se trata de pensamientos ilusorios, ni siquiera de inferencias lógicas) a favor de la construcción de unas sociedades muchísimo mejores. En esa línea, estas nuevas investigaciones son del todo coherentes con el trabajo sobre la naturaleza del amor auténtico y la expresión concreta de ese amor en forma de afecto, esfuerzo, responsabilidad, valentía y respeto. Como nos recuerda Eagleton, si los demás también se apuntan a este comportamiento " . . . el resultado es una forma de servicio recíproco que brinda el contexto en el que puede prosperar cada individuo. El nombre que tradicionalmente se le da a esta reciprocidad es amor." Dado que la reciprocidad exige la igualdad y poner fin a la explotación y la opresión, se sigue que "el tratar a los demás de forma justa y compasiva es, a gran escala, una de las condiciones para que el individuo pueda desarrollarse." Y en cuanto animales sociales, cuando actuamos de este modo estamos haciendo realidad nuestra naturaleza "en su aspecto más excelente". (2007, pp. 170, 159-150, y 173). (Allot (1992) proporcionó, hace ya tiempo, in informe de la historia evolutiva del amor y su significado para el desarrollo y la supervivencia humana.)
El ansia depredadora, la crueldad, la barbarie, etc., son también aspectos de nuestra naturaleza, que tienen sus orígenes evolutivos y sus correlatos neuronales. Como ha escrito Chomsky, "Si ves a alguien matar a un niño a palos, deberías decir, "bueno, eso es la naturaleza humana" y ciertamente lo es: sin duda hay condiciones bajo las cuales la gente actúa precisamente así. En la medida en que esta afirmación es cierta, y esa medida existe, simplemente no es relevante: la naturaleza humana también tiene la capacidad de conducir hacia el altruismo, y la cooperación, y el apoyo, y la solidaridad, y una tremenda valentía, y muchas más cosas." (Chomsky, 2002, p. 356) La cuestión crítica es cómo determinar qué es lo que va a prevalecer, cómo hacer realidad una forma de entorno global que aumente las oportunidades de que florezca el aspecto empático de nuestra naturaleza.
Como he señalado en otro lugar, el clásico de Fromm El arte de amar es un virulento ataque a las fuerzas sociales y económicas que nos niegan la experiencia más gratificante de la vida y "la única respuesta satisfactoria al problema de la existencia humana". Para Fromm, el entender cómo la sociedad configura nuestros instintos humanos, y por tanto nuestro comportamiento, es a su vez la clave para comprender por qué el "ama a tu prójimo", el amor hacia el desconocido, es algo tan difícil de alcanzar en la sociedad moderna.
La cultura capitalista global que premia la acumulación y los beneficios no sólo devalúa la actitud empática, sino que da lugar a un carácter atrofiado en el cual todo se transforma en una mercancía, no solamente las cosas, sino los propios individuos. La misma capacidad de practicar la empatía (el amor) se subordina a nuestra religión de estado del mercado, en el cual cada persona busca su beneficio en una competencia alienante e interminable, ávida de mercancías.
Hace más de cinco décadas, Fromm argumentó, de manera convincente, que "los principios de la sociedad capitalista y los principios del amor son incompatibles." (Fromm, 1956, p. 110) Toda persona honesta sabe que las características principales de la sociedad capitalista tienden a producir individuos alienados de sí mismos, personalidades tullidas a quienes se les ha robado su humanidad, y que están en una lucha perpetua por expresar el amor empático. No es de extrañar que Fromm creyera que se necesitan cambios radicales en nuestra estructura social e instituciones económicas si la empatía / el amor han de ser algo más que un extraño logro individual y un fenómeno socialmente marginal. Él comprendió que esto sólo será posible cuando el sistema económico esté al servicio de los hombres y mujeres, y no al contrario (Olson, 2006).
La narrativa cultural dominante del hiper individualismo se está poniendo en duda, y se está minando esa estrategia insidiosa y efectiva consistente en convertir la naturaleza humana en el chivo expiatorio, diciendo que a todos nos mueve el interés egoísta y rapaz, que "el hombre es un lobo para el hombre". Desde el pecado original hasta el "gen egoísta" actual, ciertas interpretaciones de la naturaleza humana, invariablemente, han frenado la conciencia de clase. Los resultados de estas nuevas investigaciones contribuyen a refutar la aseveración de que las personas son, por naturaleza, poco cooperativas, un argumento al que se recurre con frecuencia para intimidar y convencer a la gente de que es fútil buscar una mejor sociedad para todos. Si se le desprende de otra racionalización más del imperio, el comportamiento depredador en nombre del modo capitalista de producción se hace más transparente aún. Y aprender acerca de la inhibición consciente de este núcleo esencial de nuestra naturaleza debería eludir las preguntas inquietantes sobre los motivos que se ocultan detrás de otras ideologías generadas por las elites, desde el neo-liberalismo hasta la "guerra al terrorismo."
En segundo lugar, hay implicaciones para estudiantes y profesores. El cultivar el compromiso empático a través de la educación sigue siendo una empresa que no se comprende bien. Los estudiantes universitarios, por ejemplo, tal vez oigan "los gritos de la gente", pero las ondas de sonido morales se amortiguan al pasar por una serie de poderosos deflectores culturales. Williams (1986, p. 143) señala que "Aunque puedan ser modelos de compasión y generosidad para quienes se encuentran en sus círculos inmediatos, muchos de nuestros alumnos tienen un punto ciego en lo que respecta a sus responsabilidades en el orden sociopolítico. En el lenguaje tradicional, se les da bien la caridad y mal la justicia."
Nussbaum (1997) defiende el plan de educación americana liberal en cuanto que cultiva una imaginación empática. Mantiene que el comprender las vidas de los desconocidos y alcanzar una ciudadanía global cosmopolita puede conseguirse a través de las artes y la humanidades. No hay muchas pruebas sólidas que apoyen este optimismo, y mi propia visión sobre las prácticas que fomentan la empatía en las universidades de USA es bastante menos entusiasta. Nussbaum da ejemplos anecdóticos de gente que se pone en el lugar de otras personas, pero rara vez da una respuesta plausible a la pregunta de por qué estas personas tal vez carezcan de lugar; o de un trabajo decente, una mínima cobertura sanitaria, una esperanza de vida elevada. El espacio dentro de los contextos educativos está totalmente infrautilizado, en parte porque no sabemos suficiente acerca de los intersticios propicios donde la pedagogía crítica podría marcar la diferencia. Se podría decir que la barrera más importante es la duda cínica, casi desesperante acerca de la existencia de un instinto moral de empatía. Las nuevas investigaciones aplacan esta duda y hacen bien en poner el énfasis en estrategias destinadas a cultivar la empatía e identificarse con "el otro". Unir las dimensiones afectivas y cognitivas de la empatía tal vez requiera una versión arriesgada de pedagogía radical (Olson, 2006, 2007a; Gallo, 1989). Una consecuencia fascinante es que el carácter percibido del profesor al que se "refleja" puede ser, al menos, tan importante como el mensaje que se imparte. Las pruebas obtenidas en una situación lúdica con estudiantes de medicina apuntan convincentemente a que las respuestas empáticas se pueden intensificar de forma considerable cuando se tiene mayor conocimiento de las necesidades específicas de los demás – en este caso, los ancianos (Varkey, 2006). Es probable que unas experiencias anteriores limitadas afectarían a la respuesta emocional del individuo. Una vez más, se trata de una cuestión de cultura política / adquisición de información que debe seguir estudiándose.
En tercer lugar, para mucha gente la incompatibilidad fundamental entre el capitalismo global y la expresión viva de los sentimientos morales puede llegar a resultar obvia por primera vez. (Olson, 2006, 2005) Por ejemplo, la incapacidad de experimentar este sentimiento moral tiene implicaciones radicales, entre ellas consecuencias para el planeta. Dentro de los próximos 100 años, se habrán extinguido la mitad de las especies que existen en la actualidad. Los grandes simios, los osos polares y los elefantes van de camino a la extinción debido al crecimiento desaforado, la destrucción del hábitat y la caza furtiva. Serán estas actividades humanas, y no la extinción aleatoria, las que anularán millones de años de evolución (Purvis, 2000). Como dice Leakey, "Como quiera que lo miremos, estamos destruyendo la Tierra a una velocidad comparable con la de un asteroide gigante que se estrella contra el planeta. . . ." Y los investigadores en la Universidad McGill han demostrado que la desigualdad económica está relacionada con una tasa elevada de pérdida de biodiversidad. El autor sugiere que las reformas económicas pueden ser el requisito previo para salvar la riqueza del ecosistema e insisten en que ". . . si podemos aprender a compartir los recursos económicos de manera más justa con los demás miembros de nuestra especie, tal vez esto ayude a compartir los recursos ecológicos con las demás especies." (Mikkelson, 2007, p. 5)
Si bien uno duda a la hora de atribuir demasiado potencial de transformación a esta capacidad emocional, es perfectamente coherente llamar más la atención sobre la empatía inter especies y la eco empatía. Esta última puede ser esencial para la protección de las comunidades bióticas. Decety y Lamm (2006, p. 4) nos recuerdan que "uno de los aspectos más chocantes de la empatía humana es que puede ir dirigida hacia cualquier individuo, incluso a individuos de una especie distinta."
Esto ya se prefiguró hace al menos cincuenta años, cuando Paul Mattick, escribiendo sobre la noción de ayuda mutua de Kropotkin, señaló que ". . . Desde hace mucho tiempo, sin embargo, la supervivencia en el mundo animal no sólo depende de la práctica de, o bien la ayuda mutua o la competencia, sino que viene determinada por decisiones de los hombres sobre qué especies deben prosperar y cuáles deben ser exterminadas. . . . Allí donde gobierna el hombre, las "leyes de la naturaleza" dejan de existir." Esto es igualmente aplicables a los humanos, y Mattick observó, con razón, que las demandas de la acumulación de capital y las relaciones sociales capitalistas anulan y excluyen la ayuda mutua. Como tales, los resultados de la neurociencia son bienvenidos y necesarios, pero son en sí mismos insuficientes. Para que reine la empatía, deben desaparecer las relaciones de clase (Mattick, 1956, pp. 2-3).
En cuarto lugar, y esto es igual de preocupante para las elites, la conciencia de esta realidad contiene el potencial para fomentar unas actitudes cosmopolitas que "desestabilizan" pero afirman la humanidad hacia el "otro" desconocido, tanto aquí como en el extranjero. Como tan bien lo dice de Waal, "la empatía puede anular cualquier regla sobre cómo tratar a los demás." (de Waal, 2005, p. 9) Amin (2003), por ejemplo, propone que la nueva Europa reciba un nuevo marco en una ética de empatía y compromiso con el desconocido como su valor nuclear. La disminución de la empatía dentro de la cultura reduce el comportamiento prosocial y la cohesión social. Dadas las peligrosas fuerzas centrífugas del etnonacionalismo y la xenofobia, resulta absolutamente necesario este tema unificador, que al mismo tiempo abrirá un espacio a una Europa aún no definida, un pueblo del futuro.
Finalmente, como observa de Waal, "Si fuéramos capaces de ver a la gente de otros continentes como parte de nosotros, incluyéndolos en nuestro círculo de reciprocidad y empatía, estaríamos basándonos en la naturaleza , en vez de ir en contra de ella." (de Waal, 2005, p. 9) Una ética de la empatía constituye una parte esencial de lo que significa ser humano, y las sociedades que carecen de ella, las sociedades que no satisfacen esta necesidad, deberían ser deficientes. Se nos ha negado, de forma sistemática, un compromiso más profundo y más gratificantes con este sentimiento moral. Yo diría que la enorme cantidad de engaños y fraudes que se invierten para dejar sin efecto la empatía son un motivo de esperanza, de optimismo prudente. Paradójicamente, la relativa ausencia de un comportamiento empático generalizado es, de hecho, un valioso tributo a su poder potencialmente subversivo.
¿Es excesiva la esperanza de que estamos a punto de descubrir un punto fijo arquimediano moral, con base científica, en el que podamos hacer palanca para dirigir el discurso público hacia una apreciación de nuestra auténtica naturaleza, la cual, a su vez, podría liberar poderosas fuerzas de emancipación?
Agradecimientos:
Una versión muy abreviada de este artículo apareció en www.zmag.org (5/20/07) y fragmentos en www.identitytheory.com (10/16/07). Quiero agradecer los interesantes comentarios que hicieron sobre los primeros borradores N. Chomsky, D. Dunn, M. Iacoboni, K. Kelly, S. Preston, y J. Wingard. Gracias, como siempre, a M. Ortiz.
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Gary Olson, Ph.D. es el catedrático del Departamento de Ciencia Política en el Moravian College en Bethlehem, PA. Se le puede localizar en olson@moravian.edu.
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EL EXPERTO FRANCISCO MORA ASEGURA QUE “LA NEUROCULTURA ES UNA FORMA NUEVA DE ENTENDER EL SER HUMANO”
El doctor en Neurociencias disertó el pasado jueves, 17 de abril, sobre el concepto Neurocultura en el Museo Elder de la Ciencia y la Tecnología de Las Palmas de Gran Canaria, centro adscrito a la Consejería de Turismo del Gobierno de Canarias
Mora fue desmenuzando, a lo largo de su conferencia, una serie de claves fundamentales para entender el funcionamiento del cerebro del ser humano. A su juicio, hay que tener siempre en cuenta que “el hombre es espejo y creador del mundo que le rodea”
“La neurocultura es, sin duda, una forma nueva de entender el ser humano. Esperamos, además, que nos ayude a cambiar, para mejor, el mundo en que vivimos”. De esta forma se expresó ayer el doctor en Neurociencias, Francisco Mora. El experto impartió una conferencia, centrada en su libro Neurocultura: una cultura basada en el cerebro, en el Museo Elder de la Ciencia y la Tecnología de Las Palmas de Gran Canaria, centro adscrito a la Consejería de Turismo del Gobierno de Canarias. Esta iniciativa se enmarca en el ciclo de conferencias de divulgación científica organizado por el Museo Elder.
Al citado acto asistió Fernando Pérez, director del centro, además del rector de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), José Regidor. El máximo responsable de la ULPGC mostró su satisfacción por estar presente en el citado acto, al tiempo que resaltó la figura de Francisco Mora. Regidor recordó que “la ciencia también es cultura. De hecho, no podemos hablar de cultura si la ciencia no forma parte de este proceso”, señaló.
Durante su intervención en el Museo Elder de la Ciencia y la Tecnología de Las Palmas de Gran Canaria, Francisco Mora, quien ostenta la cátedra dr. Juan Negrín en la Universidad Complutense de Madrid, subrayó que “el cerebro es un órgano plástico, siempre cambiante. Por este motivo, cada vez que aprendemos y memorizamos algo”, destacó, “nuestro cerebro cambia”. El doctor en Neurociencias fue desmenuzando, a lo largo de su conferencia, una serie de claves fundamentales para entender el funcionamiento del cerebro del ser humano. A su juicio, hay que tener siempre en cuenta que “el hombre es espejo y creador del mundo que le rodea”.
Aunque la cultura, hasta este momento, estaba relacionada con el humanismo “ahora, sin duda, la cultura es ciencia y humanidades”, matizó. Durante su intervención, Francisco Mora incidió en varias ocasiones en el papel fundamental que desarrolla el cerebro, “todo pasa por el cerebro”, sentenció. También recordó que “la neurocultura es una revolución y, como toda auténtica revolución, es muy lenta”.
El epicentro de esta nueva visión que llamamos Neurocultura no nace sólo de la Neurociencia como tal, sino del reconocimiento, una vez más, de que la existencia humana procede de un largo proceso de azar, necesidades y reajustes que han durado millones de años. Por otro lado, “la Neurociencia, a la luz de ese proceso evolutivo, está desentrañando los mecanismos que elaboran el funcionamiento del cerebro y con ello llegando a conocer cómo percibe y posiblemente construye la realidad que nos rodea. Es ahora cuando empezamos a entender que las elaboraciones perceptivas e intelectuales de nuestros cerebros tienen que ver con los códigos ancestrales anclados y escondidos en sus profundidades, generación tras generación”, apuntó Francisco Mora.
También destacó que “nada ocurre, ni nada existe del mundo humano, que no haya sido filtrado y elaborado por el cerebro, sea la percepción de una hermosa obra de arte, la elaboración de una compleja formulación matemática o el sentimiento profundo de haber alcanzado a Dios. De ahí se deduce que si queremos decodificar las percepciones y los sentimientos y los pensamientos e ideas que mueven las sociedades humanas hay que conocer, necesariamente, los mecanismos a través de los cuales ese órgano, que llamamos cerebro, las produce”.
El experto realizó una distinción entre los cerebros de hombres y mujeres. En este sentido, indicó que “los cerebros de hombres y mujeres son diferentes en su percepción del mundo”. Francisco Mora terminó su intervención mostrando su confianza en que la neurocultura “nos ayude a cambiar el mundo en que vivimos”.
Infonortedigital
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http://www.clarin.com/diario/2008/03/18/conexiones/t-01630818.htm
Cerebro virtual
Es considerado uno de los seis proyectos más importantes del mundo: para el 2015 pretenden crear una simulación en 3D de todo el cerebro humano, a nivel molecular, con sus 100 mil millones de neuronas funcionando.
Por: Leonardo Bachanian. De la Redacción de Clarín.com
MARKRAM. El Blue Brain Proyect se inicia con una colaboración entre IBM, que utiliza una supermáquina para simular la forma en que las neuronas intercambian información en tiempo real, y el profesor Henry Markram del École Polytechnique en Lausanne (Suiza) y director de esta investigación. (Foto: www.research.nestle.com) Las computadoras parecerían ser las mejores amigas de los científicos: confían en ellas para entender los conceptos más resistentes de la ciencia, como el origen del universo, o el futuro clima del planeta. Desde el 2005, una supercomputadora ayuda a comprender mejor la función y la disfunción del cerebro (autismo, depresión, esquizofrenia), lo que permitirá explorar soluciones a los problemas insuperables en salud mental y enfermedad neurológica. T ambién podría ser útil para predecir la reacción del cerebro a ciertas medicinas o enfermedades. Para ello, se pretende crear una simulación en 3D de todo el cerebro humano a nivel molecular.
Las primeras propuestas para construir modelos neuronales artificiales se realizaron hace 40 años, pero, entonces, no existían los recursos técnicos para realizar la simulación. Ahora, las supercomputadoras abren la puerta a esta posibilidad. El proyecto, llamado Blue Brain Proyect , es considerado uno de los seis experimentos más importantes que se están llevando acabo en el mundo y análogo, en alcance, al Proyecto Genoma Humano. Comenzó con una colaboración entre IBM, que utiliza una máquina dotada con 8 mil procesadores que trabajan en paralelo para simular la forma en que las neuronas intercambian información en tiempo real, y el profesor y director de esta investigación, Henry Markram, del École Polytechnique de Lausanne (Suiza), quien pasó los últimos 15 años tratando de crear una simulación, neurona por neurona, del cerebro.
Se trata de un proyecto internacional en el que colaboran países como Suiza, Estados Unidos, Hungría, el Reino Unido y España, entre otros. También se han incorporado al reto otros investigadores, como expertos en modelado de sinapsis (las conexiones eléctricas entre las neuronas), de la Universidad de Jerusalén. Con ayuda de la poderosa máquina Blue Gene de IBM (el apodo azul inspiró el nombre del proyecto), Markram espera tener un cerebro humano virtual, con todas sus 100 mil millones neuronas funcionando, antes de 2015. Para ello, el equipo de investigación formado por bioinformáticos, neurólogos y arquitectos, pretende pasar por diferentes fases de modelización completa de las funciones del órgano gris: rata, gato, primate y, finalmente, el hombre.
Primera etapa: Neurona por neurona
El primer modelo de simulación exitoso fue el de una columna cortical del cerebro de una rata, que puede considerarse la menor unidad funcional del Neocórtex (donde radican muchas funciones cerebrales superiores). Para simular esta pequeña parte (que apenas mide 2 milímetros de largo por medio milímetro de diámetro, incluye 10.000 neuronas y 30 millones de sinapsis) fue necesario un poder de computación de 22,8 teraflops, 22.800 millones de operaciones por segundo, distribuido entre los 8,192 procesadores de la IBM Blue Gene. Esto la convierte en una de las más potentes supercomputadores del mundo. Lo más asombroso de todo es que la versión simulada se comportó idénticamente a la versión biológica pero, por ahora, se desempeña 100 veces más lenta que el organismo simulado.
"Modelar el cerebro a nivel celular (primera etapa) es un trabajo complejo debido a los miles de parámetros que se necesita tener en cuenta", declaró el profesor Markram. Se comienza examinando la actividad eléctrica en cada neurona intentando descifrar el lenguaje que utilizan para comunicarse entre sí. Las conclusiones se meten en la supercomputadora. "Cada procesador puede simular una neurona y comunicarse con otros, generando el proceso de pensar", explica Mark Baertschi, de IBM. "Este circuito generó la inteligencia mamífera y la función cognitiva humana, que es un circuito muy poderoso y que a la vez puede presentar muchos errores", dice Markham. Para modelizar a nivel celular (no molecular) el neocórtex, han partido de la base de datos constituida en los últimos quince años en el laboratorio de Henry Markram en Suiza.
Segunda y tercera etapa
El proyecto continúa en dos ramas diferentes: construcción de la simulación a nivel molecular, cuyo interés reside en que permitirá estudiar los efectos de los genes , y la simplificación de la simulación de la columna para permitir la simulación paralela de un gran número de columnas interconectadas, con el objetivo final de simular un neocórtex completo (que en el caso de los humanos consiste en un millón de columnas, aproximadamente).
Pese al evidente poder informático del Blue Brain Project , su capacidad de simulación del cerebro humano es aún limitada. La máquina dedica un procesador para simular cada una de las neuronas virtuales con todas sus interconexiones y replica una columna neocortical con 10 mil células nerviosas que, en el caso del ser humano, es de 60 mil. La simulación integral de las 100 mil millones de neuronas conectadas que se encuentran en el hombre es, hoy, imposible.
No se habla de Inteligencia Artificial, sino de neurociencia y neurociencia computacional. Sin embargo, aunque la base del proyecto es crear un modelo del cerebro humano a partir del diseño computacional, aunque solo sea a nivel de hardware, sin los problemas añadidos de que pueda o no producir razonamientos, se está a un paso de cruzar la línea hacia esa rama de la informática que desarrolla procesos que imitan a la inteligencia de los seres vivos. Si el equipo del cerebro azul tiene éxito, los científicos tendrán por primera vez un modelo virtual y significativo del cerebro humano. La pregunta del millón: ¿podrá el Blue Brain pensar por sí mismo?
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Se ha lanzado una web en la que aparece bibliografía sobre filosofía de al mente y ciencia de la conciencia. Comprende los diferentes tópicos que nos interesan, aunque, como era de esperarse se encuentra en inglés. Quizás podamos pensar en una iniciativa similar, pero en español.
La bibliografía se puede encontrar en:
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En el reciente número de la revista Science se ha publicado una Propuesta para una Década de la Mente, parecida a la que que hubo sobre la Década del Cerebro (1990-199). Es una iniciativa multidisciplinaria para comprender los mecanismos de la mente y se enfocaría en cuatro áreas interrelacionadas.
1) La salud y protección de la mente. Los desórdenes de la mente afectan a más de 50 millones de Americanos anualmente, con costos que exceden los 400 billones de dólares. Es nuestra obligación como científicos y trabajadores de la salud dirigir estas cargas sociales, personales y económicas en nuestra sociedad.
2) La comprensión de la mente. Aunque recientemente se ha logrado mucho progreso en la investigación cerebral, todavía falta una comprensión fundamental de cómo el cerebro da origen a la mente. El conocimiento sobre el funcionamiento interno de la mente reququerirá de nuevas herramientas que puedan indagar en la profundidad de los procesos mentales. Debería incentivarse la investigación en aspectos de la mente que se creen únicamente humanos, tales como la noción del yo, los procesos racionales del pensamiento, la teoría de la mente, el lenguaje y la conciencia (higher order conciousness)
3) El enriquecimiento de la mente. Una mejor comprensión de la mente enriquecerá nuestras vidas, mejorando nuestro sistema educativo en todos los niveles, tratando las enfermedades mentales y adicciones, ampliando la mente a nuevas habilidades y educando a la población en general sobre asuntos legales y éticos que involucran al cerebro y la mente
4) La modelación de la mente. Combinar las metodologías teóricas y computacionales con los descubrimientos empíricos, será crucial para la curación, comprensión y enriquecimiento de la mente. Los esfuerzos de gran envergadura de modelamiento del cerebro predecirán y diagnosticarán desórdenes, probarán tratamiento para enfermedades, explicando en fenómeno mental y cerebral, estimularán el desarrollo de arquitecturas computacionales nuevas y permitirán la construcción de máquinas inteligentes.
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Hola,
El neurocientífico Francisco Rubia dice que “la inteligencia es como un cajón de sastre que puede referirse a numerosas facultades o capacidades del cerebro humano, pero que, desde el punto de vista neurofisiológico, es un término que pertenece más al lenguaje común que al lenguaje de esta rama de la ciencia” (¿Qué sabes de tu cerebro?).
No obstante, en la siguiente referencia sí se recurre a la neurofisiología para explicar los procesos inteligentes. Se propone una Teoría de Integración Parieto-Frontal (Jung y Haier) que identifica una red cerebral relacionada con la inteligencia, que principalmente involucra áreas en los lóbulos frontal y parietal.
Saludos cordiales,
Wilbert
Brain network related to intelligence identified

The photo illustration shows brain areas important to intelligence.
Credit: UCI
A primary mystery puzzling neuroscientists -- where in the brain lies intelligence" -- just may have a unified answer.
In a review of 37 imaging studies related to intelligence, including their own, Richard Haier of the University of California , Irvine and Rex Jung of the University of New Mexico have uncovered evidence of a distinct neurobiology of human intelligence. Their Parieto-Frontal Integration Theory (P-FIT) identifies a brain network related to intelligence, one that primarily involves areas in the frontal and the parietal lobes.
Their report includes peer commentary from 19 researchers and appears online in the journal Behavioral and Brain Sciences.
“Recent neuroscience studies suggest that intelligence is related to how well information travels throughout the brain,” said Haier, a professor of psychology in the School of Medicine and longtime human intelligence researcher. “Our review of imaging studies identifies the stations along the routes intelligent information processing takes. Once we know where the stations are, we can study how they relate to intelligence.”
The data suggest that some of the brain areas related to intelligence are the same areas related to attention and memory and to more complex functions like language. Haier and Jung say this possible integration of cognitive functions suggests that intelligence levels might be based on how efficient the frontal-parietal networks process information.
Brain imaging studies of intelligence are relatively new, with Haier doing some of the first ones only 20 years ago. Although there is still discussion about how to define and measure intelligence, Haier and Jung found surprising consistency in the studies they reviewed despite the fact the studies represented a variety of approaches.
In his peer commentary, University of Washington psychologist Earl Hunt writes: “The Jung & Haier P-FIT model shows how far we have progressed toward understanding the biological basis of intelligence. Twenty-five years ago researchers in the field were engaged in an unedifying discussion of the relation between skull sizes and intelligence test scores. By taking advantage of the huge advances in measurement of the brain that have occurred in the past quarter century, [Jung and Haier] can take the far more sophisticated view that individual differences in intelligence depend, in part, upon individual differences in specific areas of the brain and in the connections between them.”
Haier and Jung have made some of the seminal findings in intelligence studies. In a 2004 study, they found that regions related to general intelligence are located throughout the brain and that a single “intelligence center,” such as the frontal lobe, is unlikely. And in a 2005 study, they found that while there are essentially no disparities in general intelligence between the sexes, women have more white matter and men more gray matter related to intelligence test scores, suggesting that no single neuroanatomical structure determines general intelligence and that different types of brain designs can produce equivalent intellectual performance.
“Genetic research has demonstrated that intelligence levels can be inherited, and since genes work through biology, there must be a biological basis for intelligence,” Haier said. “We have a long way to go before we understand the details, but our P-FIT model provides a framework for testing new hypotheses in future experiments.”
Source: University of California - Irvine
http://www.physorg.com/news108722746.html
Posted by
Robert Karl Stonjek
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http://www.revistanumero.com/39cere.htm
Conversaciones con Rodolfo Llinás
Por Ángela Sánchez Fotografías de Leopoldo Ramírez
«El cerebro es una entidad muy diferente de las del resto del universo. Es una forma diferente de expresar todo. La actividad cerebral es una metáfora para todo lo demás. Somos básicamente máquinas de soñar que construyen modelos virtuales del mundo real».
No son palabras de un filósofo ni de un poeta, aunque su obra establece un puente entre éstos y la ciencia. Es la provocadora conclusión a la que ha llegado, tras cuarenta años de estudiar el sistema nervioso, uno de los cerebros más brillantes de nuestra época: el neurocientífico Rodolfo Llinás Riascos. Partió del estudio microscópico del funcionamiento unicelular de las neuronas hasta convertirse en fundador y pionero de la neurociencia. Ésta integra diversas ciencias para entender el funcionamiento del cerebro: biología, filosofía, fisiología, sistemas, bioelectricidad, cognición, psicología, medicina, psiquiatría, informática, zoología, evolución, antropología y geometría, por mencionar sólo algunas. En todas esas aguas navega con propiedad Llinás, hasta revolucionar el concepto que antes se tenía sobre el sistema nervioso, es decir, «la esencia de la naturaleza humana». Sus colegas dicen que la obra de Llinás rompe por completo las antiguas creencias y marca un nuevo paradigma sobre la manera de entendernos a nosotros mismos y nuestra interacción con lo que llamamos «realidad».
Luego de publicar más de quinientas investigaciones y catorce libros científicos, Llinás decidió compartir sus hallazgos con el público no especializado a través de un libro pedagógico que sintetiza su hipótesis sobre la electrofisiología de la subjetividad: El cerebro y el mito del yo, de Editorial Norma. En la obra, salpicada de metáforas tan didácticas, cómicas y lúcidas como su autor, se resume el trabajo de este colombiano de 68 años, nacionalizado hace cuarenta en Estados Unidos, director del Departamento de Fisiología y Neurociencia de la Universidad de Nueva York, asesor de la Nasa, miembro de las academias de Ciencia de Estados Unidos, Francia, España y Colombia, y varias veces postulado al premio Nobel, entre muchas otras distinciones. Con su melena cana y una inexplicable belleza infantil en el esplendor de su sexto piso, dialogó así con Número:
¿Por qué nos parece tan misteriosa la mente? Supongo que la conciencia, el pensamiento y los sueños nos resultan tan extraños porque parecen ser impalpablemente internos. Ello podría deberse a que, desde un punto de vista evolutivo, nosotros los vertebrados podemos considerarnos crustáceos volteados hacia fuera. Me explico: los crustáceos son exoesqueléticos, es decir, tienen un esqueleto externo. En cambio, nosotros somos endoesqueléticos, o sea, tenemos un esqueleto interno. Esto implica que, desde cuando nacemos, somos altamente conscientes de nuestros músculos, pues los vemos moverse y palpamos sus contracciones. Comprendemos de una manera muy íntima la relación entre la contracción muscular y el movimiento de las diversas partes del cuerpo. Desgraciadamente, nuestro conocimiento acerca del funcionamiento del cerebro no es directo. ¿Por qué? Porque en lo que a masa cerebral se refiere, ¡somos crustáceos! Nuestro cerebro y nuestra médula espinal están cubiertos por un exoesqueleto implacable: el cráneo y la columna vertebral. A diferencia del resto del cuerpo, no vemos ni oímos nuestro cerebro, no lo sentimos palpitar, no se mueve y no duele si lo golpeamos, ya que está protegido por la portentosa estructura del cráneo. Si tuviéramos la masa cerebral por fuera del cráneo y pudiéramos ver o sentir el funcionamiento del cerebro, nos resultaría obvia la relación entre la función cerebral y la manera como vemos, sentimos o pensamos. De la misma manera que ahora nos resulta obvio lo que sabemos sobre el funcionamiento de músculos y tendones, cuyo movimiento disfrutamos tanto que organizamos competencias mundiales para comparar y medir masas musculares. Pero no disponemos de una parafernalia análoga para medir directamente el funcionamiento del cerebro. Supongo que por eso algunas personas piensan que la mente, la conciencia o el «yo» están separados del cerebro. Y por eso en la neurociencia se dan conceptos muy diversos sobre la organización funcional del cerebro. En cuanto a nuestros amigos los crustáceos, que no se dan el lujo de conocer en forma directa la relación entre la contracción muscular y el movimiento, el problema de cómo se mueven, en caso de que pudieran considerarlo, podría resultarles tan inexplicable como lo es para nosotros el pensamiento o la mente.
Por eso decían que el cerebro es una «caja negra» misteriosa, hasta cierto punto pasiva, con la que llegamos «en blanco» al nacer y que recibe estímulos del mundo externo, los interpreta y devuelve a través de los sentidos. ¿Qué opina usted? Digo que el cerebro enfrenta al mundo externo, no como una máquina adormilada que se despierta sólo mediante estímulos sensoriales, sino por el contrario como un sistema cerrado, autorreferencial (parecido al corazón), en continua actividad, dispuesto a interiorizar e incorporar en su más profunda actividad imágenes del mundo externo, aunque siempre en el contexto de su propia existencia y de su propia actividad eléctrica intrínseca. Para funcionar, el sistema no depende tanto de los sentidos como creíamos, como lo prueba el hecho de que podemos ver, oír, sentir o pensar cuando soñamos dormidos o cuando fantaseamos despiertos, en ausencia de estímulos sensoriales. Tampoco creo que el sistema nervioso sea una tabla rasa en el momento del nacimiento. Años de evolución hacen que cada bebé nazca con un cerebro hasta cierto punto organizado, con un «a priori neurológico» que le permite ver, sentir u oír sin necesidad de aprender a hacerlo. Nacemos, por ejemplo, con la capacidad de aprender cualquier idioma. Serán la cultura y la educación las que determinen cuál. Pero la estructura básica nace con nosotros. La historia evolutiva demostró que únicamente los animales capaces de moverse necesitan cerebro (por eso las plantas, quietas y arraigadas, aunque tan vivas como nosotros, no lo necesitan). Y que, en principio, la función principal de éste es la capacidad de predecir los resultados de sus movimientos con base en los sentidos. El movimiento inteligente se requiere para sobrevivir, procurarse alimento, refugio y evitar convertirse en el alimento de otros, pero como sería imposible sobrevivir si predijéramos con la cabeza y con la cola al mismo tiempo, se necesita centralizar la predicción en el cerebro. A esa centralización de la predicción la conocemos como el «sí mismo» de cada uno de nosotros.
¿Por qué dice que el color, el dolor o el sonido no existen afuera sino adentro? Lo que hay afuera no es necesaria y únicamente lo que los seres humanos vemos. En realidad, afuera hay todo un caos lleno de cosas que nuestro cerebro no percibe porque no tiene necesidad de hacerlo para sobrevivir: ondas sonoras, electromagnéticas, átomos, partículas de aire, etc. Cada cerebro animal, incluido el humano, aprendió evolutivamente a discriminar de ese caos externo sólo aquello que requiere para sobrevivir. Por eso, los perros «ven» con el olfato, los murciélagos ciegos con el oído, los pajaritos ven muchos más colores que nosotros y no tenemos seguridad de que sean los mismos nuestros, etcétera. Ejemplo: si un perro y una persona quieren buscar a alguien en un aeropuerto, le damos a la persona una foto del extraviado y al perro una media. Pero si lo hacemos al revés, la foto para el perro y la media para la persona, ¡seguramente nunca encontraremos al perdido! (risas). Así, se establece un diálogo entre nuestro mundo interno y el mundo externo, por medio de los sentidos, que nos permite elaborar representaciones virtuales de los fragmentos del mundo real que necesitamos para sobrevivir. Pero no tenemos la visión íntegra de todo lo que hay allá afuera. Lo que pasa es que a través de unos quinientos o setecientos años de evolución, los humanos nos hemos puesto de acuerdo en una especie de «alucinación colectiva estándar» y vemos más o menos lo mismo. Eso es lo que nos permite ser una sociedad con referentes universales.
¿Por qué dice que el «yo» es un mito? Los seres humanos no tenemos |
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