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Noviembre del 2006

Perspectivas en neurociencia

Por philosophico - 23 de Noviembre, 2006, 11:38, Categoría: Cerebro

http://www.monografias.com/trabajos39/perspectivas-neurociencia/perspectivas-neurociencia.shtml

Perspectivas en neurociencia

por Manuel Fontoira Lombos (manuel.fontoira.lombos@sergas.es)

Cuando dos asteroides colisionan en el vacío, lo que tiene lugar es una transformación de la energía. La forma de esa transformación, a escala macroscópica, es la de un choque de dos rocas, según la interpretación de un observador macroscópico.

La forma macroscópica de dicha transformación es información concerniente al fenómeno. Dicha información es un trasunto de lo que ocurre, y es real, pero no es lo que ocurre verdaderamente de manera concreta. Lo concreto es aquello que ocurre en la escala mínima. Por ejemplo, un fotón es un fotón en la escala ultramicroscópica, no un trasunto de otra cosa. Mientras no se descubra una escala menor, un fotón es un objeto concreto, no está constituido por otros objetos de una escala menor, es elemental, irreducible, y no es otra cosa aparte de un fotón.

La interacción sistemática entre objetos concretos adopta la forma de fenómenos emergentes que, aun siendo complejos y reales (real = detectable = efectivo) no por ello dejan de ser trasuntos, "puzzles fluidos" cambiando de estado en cuatro dimensiones, formas configuradas sistemáticamente por sus piezas, información. La información consiste en una interacción entre objetos y un cambio de sus estados que implica una comunicación de dicha información; la información es la medida de la inversa de la entropía [1].

Un objeto es aquello que un observador determina como objeto. Hay objetos concretos y abstractos. Abstracto es un objeto como la palabra "fotón", que es un trasunto abstracto de un fotón. Hay objetos concretos sin contrapartida abstracta, y también hay objetos abstractos sin contrapartida concreta, como "belleza", que es una aproximación más o menos afortunada a la concreción, eficaz como concreta con un error despreciable en la práctica, como cuando un observador subjetivo realmente admira la belleza de algún objeto en particular, asumiendo su concreción con un error despreciable en la práctica, despreciable gracias a que el observador subjetivo está confinado en una escala macroscópica de observación determinada, que de ese modo actúa como escala mínima.

Los fotones, aunque sean concretos, pueden ser virtuales (virtual = latente = irreal = indetectable = inefectivo).

La parte detectable del universo es la real, que incluye lo concreto y lo abstracto, pero hay además una parte virtual que tiene la posibilidad de ser efectiva, posibilidad que se formula en función de una probabilidad no-nula para cada historia posible. Dicha parte virtual podría ser el resultado de una interpretación intuitiva de algo contraintuitivo difícil de explicar de otro modo, pero lo cierto es que se recurre a los objetos virtuales para explicar diversos fenómenos reales a escala ultramicroscópica, como es el caso de los fotones virtuales que explican el mecanismo de transferencia de Förster [2]. La mente (el encéfalo en funcionamiento), incluida la percepción consciente y subjetiva de la realidad, es parte de la realidad, y no es preciso recurrir a la virtualidad para explicar la mente [3] [4].

Así como las microgotas de una nube en el cielo pueden adoptar la forma macroscópica de un animal, sin que las microgotas de una nube sean partículas cuánticas elementales ultramicroscópicas, las microscópicas neuronas, que tampoco son partículas elementales, pueden adoptar la forma de la experiencia consciente subjetiva, que es una forma más compleja que la de un animal en una nube, pero que no por ello deja de ser otro trasunto, formas que surgen con los cambios del estado morfofuncional de la estructura autoorganizada del encéfalo, y cuya emergencia se explica sin necesidad de recurrir a lo virtual, pues se explica a partir de fenómenos reales conocidos [5].

Del mismo modo que no hay que confundir entre sí los términos: concreto-abstracto con real-virtual ni con verdadero-falso, tampoco hay que confundir entre sí conciencia y subjetividad (subjetividad = conciencia subjetiva en particular, no conciencia en general). La subjetividad es una propiedad emergente en encéfalos con suficiente complejidad, y consiste en la experiencia consciente como sujeto. La experiencia consciente subjetiva es efectiva a escala macroscópica (escala de redes neurales), mientras que el proceso morfofuncional neuronal fundamental tiene lugar a escala microscópica (escala de neuronas y circuitos). La emergencia de la subjetividad depende de la complejidad del sistema, y el mecanismo de emergencia de la subjetividad a partir de la interacción neuronal consiste en un cambio de escala en el sistema constituido por el encéfalo a lo largo de su dinámico y peculiar proceso morfofuncional normal [5].

Los que intuyen que debe de haber alguna relación entre la mecánica cuántica y los fenómenos de la conciencia y la subjetividad [6] quizá no anden del todo desencaminados, ya que la emergencia de la subjetividad es un fenómeno seudomacrocuántico, y tiene lugar en el terreno de la abstracción (de ahí que se lo califique como "seudo", pues es el trasunto de un fenómeno macrocuántico).

Un fenómeno macrocuántico es un fenómeno cuántico perceptible a simple vista, a escala macroscópica confinada. El fenómeno seudomacrocuántico que tiene lugar en el encéfalo, y mediante el cual emerge la propiedad de la subjetividad en el sistema, consiste en un seudoentrelazamiento de los objetos abstractos procesados en el encéfalo. Dicho de otro modo: la conciencia subjetiva se confina y emerge mediante una seudosuperposición de estados producto en el encéfalo [5].

Hay otros sistemas, distintos al encéfalo, que dan forma a escala macroscópica al trasunto de algunos de los fenómenos propios de escalas ultramicroscópicas. Es el caso del agua, que mediante el movimiento de sus moléculas genera ondas macroscópicas que presentan características similares a las de los fotones (los fotones son ondas).

Por ejemplo, las ondas (o seudo-ondas) en el seno de un líquido, o las ondas sonoras en el aire, presentan fenómenos de interferencia, como las ondas de luz. Pero ni las ondas del agua ni las del aire son ondas concretas (aunque a ciertos efectos se puedan tomar como concretas en la práctica a determinada escala), ya que ni llevan asociada una partícula, como el fotón, ni son más que formas del agua, información, formas que representan a ondas. Un fotón no es el trasunto de una onda, es una onda (y un corpúsculo).

El movimiento ondulatorio en el aire y en el agua no son ondas concretas, pero son un trasunto aceptable con un error despreciable en la práctica a determinada escala, pues, de hecho, los animales realmente oyen, y las olas realmente rompen en la costa. Hay más ejemplos de fenómenos ultramicroscópicos representados a escala macroscópica por formas emergentes, como es el caso del movimiento orbital.

En el caso del sonido, su representación en el encéfalo en forma cuantificada, codificada, asociada, integrada, isomórfica, organizada, compatible, real y abstracta le otorga a las ondas del aire, en el terreno de la abstracción, esa particularidad de la que carecen, una seudoparticularidad que, aunque falsa, es real, es detectable, pues un individuo realmente oye algo que considera concreto con un error despreciable en la práctica, aunque dicha percepción ya no sea el movimiento del aire, sino su representación abstracta en unas redes neurales al "moverse" el encéfalo, al ir cambiando su estado morfofuncional, al generar información.

En el encéfalo las neuronas generan, conducen y transmiten potenciales de acción, que descargan en trenes que, además de representar al entorno, representan ondas también, ondas de actividad neuronal. La teoría de la emergencia de la subjetividad mediante el cambio de escala [5] predice la existencia de un movimiento con carácter ondulatorio (y cuántico) de la materia encefálica autoorganizada, a escala microscópica. Ésto no es nuevo, pues ya desde la época de Sherrington se le ha dado gran importancia a los fenómenos de "concurrencia temporal de la actividad neuronal", es decir, a los fenómenos de sincronización de la actividad neuronal, interés que ha seguido vivo desde entonces, como es sabido [7].

Pero es que esta teoría del cambio de escala predice algo más que los fenómenos de sincronización neuronal (sincronización = puesta "en fase" de las ondas de actividad neuronal, haciendo coincidir crestas con crestas y valles con valles). Lo que esta teoría predice además, tal como reza en su enunciado (la conciencia subjetiva se confina y emerge mediante una seudosuperposición de estados producto en el encéfalo), es que la actividad neuronal debe verse también implicada en la representación de fenómenos de interferencia de la actividad neuronal, o sea, fenómenos de formación de ondas coherentes; es decir, que aparte de encontrarse actividad neuronal sincronizada, en fase, deberían poderse detectar fenómenos de coherencia de la actividad neuronal; dicho de otro modo: debería poderse detectar actividad neuronal caracterizada por el mantenimiento de una diferencia de fase constante entre ciertas neuronas, independientemente de si están en fase (sincronizadas), o no.

Según esta teoría, para localizar el correlato de la subjetividad probablemente haya que buscar entonces actividad neuronal coherente, y no sólo sincronismo neuronal (tal vez el enigmático papel de las áreas de asociación cortical sea, entre otros, el de dotar de coherencia a la actividad neuronal). Encontrar este tipo de actividad neuronal coherente (con una diferencia de fase constante), mediante registro en vivo con microelectrodos, supondría un respaldo importante para esta teoría.

Esta teoría se refiere a la emergencia de la subjetividad, de la conciencia subjetiva en particular, no de la conciencia en general. Lo que emerge es la propiedad de la subjetividad. La conciencia ya se encuentra a escala microscópica, pues consciente es la información transmitida entre neuronas. La información que se transmite entre neuronas es abstracta (representativa), real, isomórfica y compatible; dicha información es por tanto un conocimiento verdadero, y con un error despreciable, del objeto representado, es consciente [3][8].

No hay que confundir subjetividad y conciencia. La conciencia es un concepto abstracto referido a una propiedad característica del sistema nervioso a escala micróscópica, que no se pierde a escala macroscópica con el cambio de escala de observación (de modo que la propiedad emergente de la subjetividad conlleva una experiencia consciente que además es subjetiva).

La propiedad de la conciencia implica que la información abstracta procesada en el sistema nervioso es consciente. El proceso físico de la conciencia depende de la interacción sistemática de muchas piezas, y por tanto no es el resultado de una sola causa, sino de un proceso físico, real, complejo y sistemático, que implica a numerosos objetos de un sistema. La conciencia no se explica respondiendo a un por qué, sino a un cómo.

Las neuronas no son conscientes, lo consciente es la información que transmiten, y la conciencia en sí no existe de forma concreta, es una abstracción con la que se quiere dar cuenta de una propiedad del sistema nervioso.

Los seres conscientes no poseen la conciencia de forma concreta en lugar alguno de su cuerpo. La conciencia es una propiedad, no un objeto concreto, ni un neurotransmisor secretado por una neurona, ni un campo electromagnético exótico, etc. Los seres son conscientes al transmitir información consciente.

En el lenguaje coloquial se entiende por estar consciente a estar despierto como sujeto individual y con algún contenido informático presente en dicha experiencia, es decir, se entiende como sinónimo de la experiencia consciente subjetiva en particular, que es un estado morfofuncional del encéfalo. Pero existe el estado consciente no subjetivo (que quizá sea preferible denominar subconsciente, o infrasubjetivo, antes que inconsciente, como lo denominaba Freud), pues la información infrasubjetiva es consciente, aunque pueda no estar integrada en el fenómeno particular de la subjetividad en un momento dado. De modo subconsciente se resuelven de manera incesante infinidad de problemas, y se puede comprobar cómo las soluciones surgen de manera automática por sistema. Las respuestas emergen en la subjetividad de manera automática tras ser procesadas de manera consciente y sistemática, pero infrasubjetiva, y emergen con tanta rapidez, desde el punto de vista de la subjetividad, que las respuestas parecen instantáneas, como si hubiesen surgido de la virtualidad, pero provienen del subconsciente, que forma parte de la realidad, y tardan unos milisegundos en producirse.

La información abstracta transmitida y procesada por las neuronas en las sinapsis es consciente, aunque posiblemente no subjetiva a escala microscópica en cada sinapsis, pues para que sea subjetiva debe emerger la subjetividad, algo que requiere una determinada organización morfofuncional y cierta complejidad.

Se desconoce si el sistema nervioso de una hormiga es lo suficientemente complejo como para llevar a cabo una seudosuperposición de estados producto en su sistema nervioso y que se confine y emerja la subjetividad. Pero una hormiga procesa información consciente, de modo que su conducta es consciente, aunque quizá sin experiencia consciente subjetiva del fenómeno.

¿Es consciente un protozoo, aunque no posea sistema nervioso, o es consciente su conducta al menos, dado que es un ser vivo, basado en la autoorganización, y con una conducta propositiva?

La hormiga integra su conducta motora en parte en función de la integración de la información abstracta que procesa (menos compleja que la que procesa un ser humano, pero abstracta a fin de cuentas). A diferencia de lo que ocurre con la hormiga, cuando un protozoo capta información del entorno no la codifica en forma abstracta.

Los receptores del protozoo que interactúan con sus estímulos cambian de estado, pero dicho cambio de estado, aunque supone una comunicación de información y preludia una conducta propositiva, no supone una abstracción de información sobre el entorno. Cuando colisionan las moléculas que configuran el proceso físico sistemático llamado protozoo vivo, las microconductas moleculares del protozoo le permiten comunicarse con el entorno, pero no abstraen el entorno, por lo que difícilmente pueden configurar información consciente: si un estímulo E1 del entorno provoca una cambio en la molécula M1 del protozoo, receptora específica de E1, cambiando a M1´, M1´ ya no comunicará a M2, con la que colisionará específicamente, información codificada sobre E1, sino referente a M1´. Aunque M1 haya cambiado de estado por su interacción con E1, M1´ no es E1, ni su representación, sino un eslabón en la cadena: ¿?-E1-M1-M1´-M2-¿?. La secuencia de comunicación de información que empieza en el entorno continúa en el protozoo, lo cual le permite integrar una conducta propositiva, pero la integra inconscientemente.

El protozoo continúa la secuencia que proviene del entorno, pero no forma en su sistema molecular una representación cuantificada, codificada, real, abstracta, isomórfica y compatible del entorno, no conoce su entorno, no se abstrae de él, forma parte de él, así que ni conoce su entorno ni se conoce a sí mismo.

Bibliografía:

Shannon C E, Weaver W. The mathematical theory of communication. Urbane, Illinois: University of Illinois Press; 1949.

Arnold S. Microesferas, átomos fotónicos y la física de la nada. Investigación y ciencia. 2003; 2: 76-83.

Fontoira M. Mente y biofísica. Rev Neurol 2006; 42 (1): 62-63.

Fontoira M. Red neural y memoria. www.redcientifica.com 2005

Fontoira M. Emergencia de la conciencia. www.redcientifica.com 2005

Pastor-Gómez J. Mecánica cuántica y cerebro: una revisión crítica. Rev Neurol 2002; 35 (1): 87-94.

Fontoira M. El correlato de la conciencia. www.redcientifica.com 2005.

Fontoira M. Explicación de la coherencia mental. www.redcientifica.com 2005.

Manuel Fontoira Lombos

manuel.fontoira.lombos@sergas.es

Doctor en medicina, especialista en neurofisiología clínica.

Pontevedra, España

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El cerebro regula las jerarquías sociales

Por philosophico - 22 de Noviembre, 2006, 16:16, Categoría: General

http://www.tendencias21.net/El-cerebro-regula-las-jerarquias-sociales_a1238.html

 

El cerebro regula las jerarquías sociales

 

Al menos seis regiones cerebrales se activan cuando subimos o bajamos en el escalafón social

 

Neurólogos norteamericanos han identificado las zonas del cerebro implicadas en el proceso de jerarquización social. Analizando las reacciones de un grupo de 24 voluntarios, descubrieron que cuando mejoraban su status social, se incrementa la actividad en tres regiones del cerebro: la corteza cingular anterior (área que custodia los conflictos y resuelve discrepancias), la corteza prefrontral media (que procesa pensamientos referentes a otras personas) y, por último, en el precuneo, relacionado con la capacidad de pensar acerca de uno mismo. Pero cuando los jugadores bajan en el escalafón social, la actividad cerebral aumenta en otras zonas: ganglio basal ventral y en la corteza insular, relacionadas respectivamente con las tensiones y emociones y con la motivación y recompensa. Por Vanessa Marsh.

 

La sociología ha estudiado a menudo las jerarquías sociales, es decir el orden ascendente o descendente que aplicamos en nuestras relaciones con los demás, en función de criterios como la clase social, el poder, el oficio, la categoría, la autoridad o cualquier otro objeto que determine un sistema de clasificación.

En la sociedad, la jerarquía es la estructuración más frecuente, porque establece un orden de dominación. Aún siendo por tanto un componente importante de nuestro orden social, sin embargo hasta ahora no se había estudiado desde el punto de vista neurológico: ¿cómo procesa el cerebro humano las relaciones con los demás en función del “rango” que atribuimos a otros?

 

Las jerarquías en el cerebro

Según un artículo publicado por el New York Times, un equipo de investigadores norteamericanos de la Unit for Systems Neuroscience in Psychiatry del National Institute of Mental Health de Bethesda encabezado por Caroline Zink ha descubierto que diversas regiones del cerebro aumentan su actividad cuando las personas analizan su propio estado dentro de una jerarquía social. El descubrimiento fue anunciado} el mes pasado en la asamblea de la Sociedad para la Neurociencia, celebrada en Atlanta.

Un elemento tan influyente en todo lo que hacemos, en nuestra profesión, en la relación entre profesores y alumnos, entre entrenadores y deportistas o entre padres e hijos, ha revelado por tanto que tiene su expresión en la actividad del cerebro gracias a un experimento realizado con 24 voluntarios sanos, 12 hombres y 12 mujeres.

La prueba consistió en que estos individuos debían jugar a un juego de aptitudes mientras su actividad cerebral era monitorizada por un sofisticado escáner denominado fast M.R.I. El M.R.I. (Magnetic Resonance Imaging o método de monitorización por imágenes de resonancia magnética) se utiliza para visualizar el interior de los organismos para detectar alteraciones fisiológicas o patológicas. También se emplea para el estudio de la actividad cerebral.

 

Inferior y superior

Los participantes en el estudio jugaron simultáneamente a un juego con otras personas: un jugador de “una estrella” o inferior y otro jugador señalado como de “tres estrellas”. Estos jugadores, sin embargo, no eran reales, y sus acciones eran realizadas por un ordenador.

Para convencer a los voluntarios de que sí existían, el equipo de investigación ideó elaboradas tretas, como aplazar el comienzo del juego 15 minutos porque uno de los jugadores había llegado tarde, por ejemplo, o que había dejado la sala de juego bajo cualquier pretexto.

A los voluntarios se les pidió que apretaran un botón tan pronto como se les diera una señal. Si respondían con suficiente rapidez, ganarían un dólar. Aunque los investigadores enfatizaron ante los participantes que aquello no era una competición contra los otros jugadores, se aseguraron de que los voluntarios veían las puntuaciones de los jugadores de una estrella y de tres estrellas.

 

Resultados claros

Los resultados fueron muy claros. Cuando los voluntarios ganaban más dinero que los jugadores “tres estrellas”, lo que aumentaba su status en el juego, el escáner cerebral mostró un incremento de la actividad en tres regiones del cerebro.

Por un lado, en la corteza cingular anterior (área que custodia los conflictos y resuelve discrepancias). También en la corteza prefrontral media (que procesa pensamientos referentes a otras personas) y, por último, en el precuneo o superficie del lóbulo parietal superior ubicada sobre la cara medial del cerebro.

El precuneo es una región del cerebro recientemente descubierta y en la que algunos científicos piensan que podría hallarse la auto-conciencia, la capacidad del cerebro de pensar acerca de sí mismo.

 

Otras zonas del cerebro activadas

Por el contrario, cuando los jugadores de “una estrella” ganaban más dinero durante el juego que los voluntarios, disminuyendo así su estatus en él, la actividad cerebral aumentaba en otras zonas: ganglio basal ventral y en la corteza insular, también conocida como ínsula.

Los investigadores relacionan la ínsula con las expresiones somáticas de nuestro estado emocional, es decir, con las respuestas de nuestro organismo a las tensiones y emociones.

La ínsula se encuentra ubicada profundamente en la superficie lateral del cerebro, dentro de la llamada fisura lateral. Esta área ha sido identificada por otros investigadores como una región del cerebro relacionada con los sentimientos de disgusto. El ganglio basal ventral, por su parte, se relaciona en los primates con la motivación y la recompensa.

 

Sábado 18 Noviembre 2006

Vanessa Marsh

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La neurología cuántica podría explicar los mecanismos de la conciencia

Por philosophico - 13 de Noviembre, 2006, 11:37, Categoría: Conciencia

http://www.tendencias21.net/index.php?action=article&numero=1164

 

La neurología cuántica podría explicar los mecanismos de la conciencia

 

El “soporte físico” del psiquismo se hallaría en las propiedades básicas de la materia

En los últimos 30 años han ido madurando en biología y neurología un cuerpo de teorías y de investigaciones empíricas hacia el conocimiento de los fundamentos cuánticos de la materia viviente. Una de ellas es la neurología cuántica, que relaciona los procesos de la conciencia humana con las propiedades de campo de las partículas elementales. Esta nueva neurología no sólo explica mejor al hombre, sino que es más armónica y congruente con los planteamientos religiosos. Por Juan Antonio Roldán.

 

Lo que hoy conocemos como neurología cuántica está conectado con los nombres de Hameroff, Penrose y Popp. Si los avances hoy logrados con esta nueva disciplina se reafirman, se habrá construido una imagen de la vida alejada del mecanicismo, más congruente con nuestra experiencia y también más armónica con una metafísica teísta.

Aunque se trate de resultados científicos neutros de por sí y, por ello, también compatible con una metafísica atea o agnóstica, la neurología cuántica nos introduce en un campo de problemas –Evolución y neurología cuántica- que será objeto de la primera sesión del seminario de la Cátedra CTR en el curso 2006-2007, que se celebrará el 16 de noviembre 2006 con la intervención de Óscar Castro, de la UA de Barcelona.

Para entender el eco de las ideas surgidas recientemente en torno a la llamada neurología cuántica basta recordar que el hombre, durante miles y miles de años de historia, ha sido para sí mismo el gran enigma del universo. Pero no sólo se trataba del enigma del hombre, sino del enigma universal de la vida. En medio de un mundo de objetos inanimados, tierra, aire, fuego y agua, productos de un aparente dinamismo ciego de las fuerzas y energías del universo, la vida representaba un fenómeno extraño, muy difícil de entender, desde sus mínimas manifestaciones orgánicas, hasta los vegetales, el mundo animal en toda su complejidad y, sobre todo, el mundo humano.

La experiencia psíquica: holismo e indeterminación
¿Por qué es un enigma la vida? La sensación de enigma, de sorpresa ante la vida, surge del contraste entre el mundo inorgánico, sometido a un dinamismo ciego, y la vida representada en la autoexperiencia humana. El hombre se ve como un agente que se siente a sí mismo de una forma holística, en su propio cuerpo y en el mundo objetivo externo, de tal manera que dirige su vida en libertad, con indeterminación. Lo inorgánico ni es agente, ni se siente, y está determinado por las fuerzas dinámicas ciegas del universo. No es libre.

El sentir se especifica como “sentir holístico”: el propio cuerpo se siente como un ámbito que se extiende espacialmente pero que se presenta unificado por la sensación interior; además el mundo externo se siente como ámbito accesible, como queda patente en la visión. Holismo significa totalidad: sentir el propio ser y el mundo como ámbitos unificados. El gran psicólogo americano James J. Gibson hizo la mejor descripción fenomenológica de esta sensación holística.

Pero, además, ser agente es sentir la propia indeterminación que permite la elección libre. Es evidente que la autoexperiencia psíquica humana no es de absoluta libertad e indeterminación (ya que está también sometido a altas dosis de determinación): pero, en su grado, ambas cosas son reales en el hombre y, sin embargo, no están dadas en el mundo inorgánico.

El hombre, pues, proyecta sobre la vida el enigma de su propia forma de ser. En la vida, en sus múltiples manifestaciones, es donde comienza a constituirse el enigma que estará plenamente formado en el hombre. Por ello, la vida es un enigma global: el enigma que comienza en la vida hasta hacerse humano.

Primeras explicaciones filosóficas
Cuando el hombre intentó conocer racionalmente el mundo, y así nació la filosofía, trató de dar una respuesta al enigma de la vida. Lo vemos en la filosofía india y budista, así como en otras filosofías orientales. La filosofía presocrática griega, el comienzo racional de occidente por el tránsito del mito al logos, se centra precisamente en un intento de solución al enigma de la vida y del mundo inorgánico.

Esta experiencia dual (lo inorgánico y la vida) le llevó a explicar la realidad por dos principios causales: la “forma” como principio del ser y de la unidad que explica el orden y la vida; la materia como principio del devenir y de la multiplicidad, del caos, desorden y del movimiento caótico ciego. Es la teoría “hilemórfica” de Aristóteles (todo se produce por la interacción entre forma y materia). Estas ideas quedaron anticuadas una vez que la ciencia moderna fue construyendo su descripción del universo, de la vida y del hombre.

La ciencia moderna hacia el mecanicismo determinista

La ciencia moderna comenzó a construirse desde una expectativa nueva que abandonaba el dualismo heredado de la filosofía griega. Su expectativa fue que el universo debía explicarse como un sistema unitario que, desde su origen, había producido en su interior todas las cosas. Se trataba del enfoque monista (todo se ha producido desde un mismo constituyente del universo).

Sin embargo, algunas circunstancias (el tipo de matemática, el maquinismo de los siglos XVII-XVIII, la influencia del cartesianismo, los comienzos de la ciencia como pura “física”, etc.) hicieron que la ciencia moderna derivara pronto a la filosofía del mecanicismo determinista.

El universo aparecía en ella como un inmenso clockwork en que todo suceso está absolutamente determinado por una cadena de causas y afectos cerrados: es la época de Newton, de Laplace, del sistema gravitatorio universal que culmina con la filosofía científica de Einstein. Este determinismo todavía se mantiene en ciertos sectores de la ciencia actual: el modelo de la “máquina” ha sido sustituido por el “ordenador” y las teorías computacionales presentan una imagen robótica del hombre.

 

Reduccionismo y dualismo: el problema del soporte físico del psiquismo
Pero la evolución de la ciencia hacia el determinismo físico (que después pasó a la biología, la neurología y la antropología) hizo entrar en crisis la aspiración monista y unitaria de la ciencia. Por una parte, la ciencia debía explicar la experiencia psíquica (el holismo y la indeterminación); por otra, la ciencia era de hecho determinista.

¿Cómo explicar entonces la vida y el hombre dentro de una visión monista y unitaria del universo? Unos forzaron las cosas hasta “reducir” la vida y el hombre a las explicaciones mecánico-deterministas de la ciencia física: así nació el concepto de “reduccionismo”. Incluso nació una epistemología objetivista (conductista) en su apoyo, al decir que la ciencia ni siquiera debía explicar la experiencia psíquica interna.

Otros, en cambio, se resistieron ante la tendencia reduccionista y recurrieron de nuevo al “dualismo”: si la ciencia sólo constata un tipo de realidad que no explica el psiquismo, entonces es que éste debe explicarse por otro tipo de realidad no reducible a la física (es el dualismo psico-físico en los siglos XIX y XX).

Quienes no estaban a gusto ni en el reduccionismo ni en el dualismo, sino que aspiraban a la imagen monista más genuina de la ciencia han entendido, a lo largo de las últimas décadas, que el problema consiste en explicar cómo el mundo psíquico ha “emergido” del mundo “físico”.

Para ello era necesario un tipo de física que hiciera comprensible por qué el mundo físico es un “soporte” que hace comprensible la emergencia de la vida. Es el problema del soporte físico en que se asienta el psiquismo animal y humano (y que no era comprensible desde el puro mecanicismo-determinista vigente).

Mecánica del caos y mecánica cuántica

No obstante, el hecho es que la física del XIX-XX ha realizado avances muy importantes, cuya posible contribución al entendimiento del “soporte físico del psiquismo” no se vio en un principio. Se trata de la mecánica estadística y del caos, por una parte, dentro todavía de la mecánica clásica, y, por otra, la extraordinaria novedad de la mecánica cuántica.

Se ha llegado a ver, pues, que el mundo macroscópico de la mecánica clásica no es absolutamente determinado (apto para el diablo de Laplace), sino que tiene una dinámica regida por procesos caóticos que sólo permiten cálculos probabilísticos y estadísticos. La superficie de la tierra, por ejemplo, es un ámbito físico macroscópico que “soporta” los movimientos imprevisibles, indeterminados, del mundo animal.

Con la mecánica cuántica la ciencia ha conocido que el mundo microfísico no se comporta como el macrofísico. Parecen ser dos mundos diferentes que sin embargo forman una unidad: el macrofísico nace del microfísico. En el mundo cuántico la materia y la radiación (cuya relación no se entendía en el siglo XIX) se unen en la dualidad corpúsculo-onda. Así, la materia llena campos físicos de una manera extraña y la individualidad o permanencia en el tiempo de las partículas desaparece.

Además partículas y vibraciones de un campo parecen estar al mismo tiempo en una multitud de estados (superposición cuántica), colapsándose de unos a otros con aparente indeterminación. Asimismo, la materia cuántica aparece y desaparece de forma sorprendente en referencia a un campo originario o “vacío cuántico” del que sería algo así como una fluctuación vibratoria.

Por último, es difícil entender la forma de causalidad que rige en ese mundo en el que se ha constatado una acción a distancia o causación no local que permitiría la interacción entre sistemas de materia cuántica sin conexión inmediata en el espacio (los llamados efectos EPR, Einstein, Podolsky y Rosen).

Materia bosónica y materia fermiónica

La mecánica cuántica entiende que se han producido en el universo un tipo de partículas mas primitivas, denominadas bosones, y otro tipo posterior de partículas más complejas llamadas fermiones. Los bosones serían más difusos, inestables y tendentes a constituir campos físicos unitarios. Los fermiones, en cambio, habrían dado lugar al mundo de los objetos macroscópicos estables.

De la materia bosónica (por ejemplo fotones) se comenzó a hablar desde el descubrimiento de los “condensados de Bose-Einstein” en 1924. Son partículas que tienen lo que se llama una función de onda simétrica y fácilmente se diluyen unas en otras formando un campo de vibración unitario en el que las partículas individuales desaparecen.

Se constituyen entonces estados que se llaman de “coherencia cuántica”. En cambio, la materia fermiónica (electrones o protones) tiene una función de onda antisimétrica que impide la disolución de unas partículas en otras (aunque en condiciones experimentales extremas también se ha conseguido coherencia cuántica con fermiones).

Cada partícula permanece, pues, en su independencia, sea partícula o vibración ondulatoria. La combinación de estas partículas ha permitido el surgimiento de las estructuras físicas, de la materia macroscópica y de los objetos estables de nuestro mundo visible macroscópico. En este la materia quedaría “atrapada” establemente y quedaría determinada por las estructuras físicas.

Coherencia cuántica y la hipótesis Hameroff-Penrose

Esta hipótesis parte de la admisión, común en el emergentismo, de que la materia tiene la propiedad de producir “sensación”. ¿Por qué es así? No lo sabemos, pero hay que postular que es así, ya que de otra manera no se podría explicar nunca que el universo haya producido la vida y el hombre. Esto supuesto la hipótesis Hameroff-Penrose: especula que el “soporte físico” de la sensibilidad-conciencia en los seres vivos debería hallarse en las propiedades cuánticas más primigenias de la materia.

Si fuera así, si esta hipótesis heurística (de búsqueda) se cumpliera, sería entonces más fácil entender que las propiedades de campo de la materia fueran el soporte de las propiedades holísticas del psiquismo y, al mismo tiempo, su indeterminación fuera igualmente un soporte apropiado para la indeterminación, apertura, libertad de la vida y del hombre.

Se trataría así de un nueva visión de la física más apropiada para la explicación del psiquismo; probablemente la única alternativa hoy visible en el horizonte a una física preferentemente corpuscular, discontinua, en un espacio métrico (incapaz de explicar el holismo psíquico) y determinista (incapaz de explicar la indeterminación y flexibilidad de la vida).

No cabe duda de que los seres vivos tienen un cuerpo macroscópico que se ha formado evolutivamente con materia fermiónica, menos apta para fundar campos unitarios e indeterminación. Habría que hallar de qué manera la vida posee también materia cuántica primigenia, bosónica, y formas de coherencia cuántica que “soportaran físicamente” la sensación, el holismo, la indeterminación y la agencialidad de la vida.

La hipótesis Hameroff-Penrose supone que estos nichos de materia en estado cuántico se hallarían en el interior hueco de los microtúbulos. Estos son unas estructuras filamentosas formadas en el citoesqueleto de todas las células con variadas funciones evolutivas.

Una de ellas sería la de producir la sensación y los estados de conciencia. Por acción a distancia no local (los efectos llamados EPR) entrarían interacción por coherencia cuántica sistemas complejos de neuronas en el cerebro. Estos sistemas cuánticos serían el soporte físico de la sensación-conciencia.

En estado normal los micrúbulos estarían en el estado de superposición cuántica (indeterminación ante una variedad de estados posibles). En el momento de su participación en una actividad psíquica (por ejemplo, ver una imagen) los microtúbulos dejarían la superposición y sufrirían la “reducción objetiva” o colapso de su función de onda a una vibración determinada que entraría en coherencia cuántica en el sistema de microtúbulos que participan en esa actividad.

Esta actividad cuántica estaría relacionada con las redes neuronales macroscópicas, y la bioquímica interior a la neurona, ascendentemente (vg. cuando la imagen exterior impone una imagen) y descendentemente (vg. cuando el pensamiento dirige el movimiento). Estas cuestiones están siendo investigadas en la actualidad.

Los biofotones de Popp
La biofotónica estudia la emisión y absorción de luz en tejidos vivientes. Tiene una larga historia, pero Fritz Albert Popp contribuyó recientemente a la revitalización de esta disciplina. Propuso una hipótesis sobre la relación de la luz y los campos en la producción de ciertos tipos de cáncer que no fue bien recibida. Esto le causó problemas, pero hoy está fuera de toda duda experimental el papel de la luz en la materia viva: los campos de coherencia cuántica creados en los tejidos vivientes y el papel de la luz en los procesos de intercomunicación celular.

Más allá de los puros hechos experimentales se podría especular, y muchos lo hacen, que estos fenómenos de coherencia cuántica podrían también estar relacionados con la sensación. Entonces se entendería que la materia biológica es ya “viviente” en sus tejidos básicos.

Si estas ideas progresaran deberían ponerse en concordancia con la hipótesis Hameroff-Penrose en la línea de entender cómo los tejidos vivientes están integrados con el sistema nerviosos para producir la autoexperiencia propia del psiquismo como sensación integral holística del cuerpo.

Una valoración justa de la neurología cuántica
Algunas de estas ideas han sido utilizadas desmedida y, a nuestro entender, incorretamente (como ha pasado en el New Age y otros grupos) para justificar ideas religiosas o esotéricas. Por ello algunos científicos han aplicado la fallacy of gilt by asociation (es malo si tiene que ver con la religión). Pero la cuestión no es esta: sino la explicación de la experiencia psíquica, un hecho empírico incuestionable producido dentro del universo.

Queremos también dejar constancia de que, a nuestro entender, la nueva perspectiva de la neurología cuántica es neutra metafísicamente. Puede ser asumida en una metafísica, o filosofía, atea o agnóstica; pero también puede ser asumida en una metafísica teísta.

Lo que en todo caso parece también aceptable es que esta nueva neurología no sólo explica mejor al hombre, sino que es más armónica y congruente con los planteamientos religiosos.

 

Artículo elaborado por Juan Antonio Roldán, de la Cátedra CTR, con ocasión de la sesión del Seminario de la Cátedra sobre “Evolución y neurología cuántica”, el 16 de noviembre de 2006.

Viernes 06 Octubre 2006

Juan Antonio Roldán

 

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Evolución y cerebración

Por philosophico - 11 de Noviembre, 2006, 10:28, Categoría: General

http://www.monografias.com/trabajos33/cerebro-y-evolucion/cerebro-y-evolucion.shtml

 

Evolución y cerebración

1.                   Introducción

2.                   Desarrollo

 

INTRODUCCIÓN

A continuación se reflexiona y especula acerca de las circunstancias que podrían estar implicadas en el modo en que podría haber tenido lugar la cerebración (la formación del cerebro desde el punto de vista filogenético) en el caso particular del ser humano.

Entre otras cosas, se van a aventurar respuestas para preguntas del tipo: ¿cuál es el rasgo humano clave? ¿cómo es que los chimpancés y el hombre son tan parecidos genéticamente y tan distintos mentalmente? ¿Cómo ha llegado el ser humano a su peculiar y complejo estatus mental?

 

DESARROLLO

A partir de ahora se va a suponer que la mente es el cerebro funcionando.

Las observaciones clínicas permiten concluir que un daño parcial del cerebro de una persona se correlaciona con un daño parcial de su mente.

En una ocasión surgió la oportunidad de mantener una conversación con un amigo, neurólogo de profesión, que acababa de recuperarse de una afasia global transitoria en relación con un equivalente migrañoso, es decir, había perdido la capacidad de utilizar el lenguaje por culpa de un ataque de jaqueca tan intenso que le había dejado sin funcionamiento unas zonas del cerebro imprescindibles para integrar la función del lenguaje, tanto de su comprensión como de su expresión (la jaqueca, o migraña, curse o no con dolor de cabeza, es una enfermedad vascular cerebral con varias manifestaciones posibles, aparte del dolor de cabeza).

Al preguntarle a este amigo qué había experimentado al carecer durante unas horas de parte de su mente, episodio que recordaba, al no haberse visto afectada su memoria (por ejemplo, al no haberse visto afectada la zona del hipocampo en el cerebro), relataba que había tenido una sensación que ahora, al poder hablar otra vez, podía definir como incomodidad, porque recordaba notar la sensación de estar necesitando hacer algo que no conseguía llevar a cabo.

No supo qué era ese algo que no conseguía hacer, que era comunicarse con sus semejantes mediante un lenguaje con palabras, hasta que recuperó la facultad del lenguaje y pudo ya codificar simbólicamente dicha información. Su contacto mental con la realidad se mantuvo durante esas horas, pero de forma rudimentaria. Seguía siendo consciente como sujeto, pero con los contenidos de su conciencia subjetiva simplificados.

¿Cuál es entonces el rasgo humano clave? Porque, en el caso de este amigo, aunque durante un tiempo estuvo reducido al nivel mental de un ser consciente pero incapaz de comunicarse de forma compleja, y de percibir conscientemente (de interpretar) de manera compleja las sensaciones acerca del entorno y la realidad, seguía siendo un ser humano, y subjetivamente consciente de la realidad. ¿Es la conciencia subjetiva lo que nos distingue como seres humanos? ¿Acaso no poseen conciencia subjetiva otros animales, aunque sea más rudimentaria que la del hombre (por ejemplo, sin autoconciencia, sin conciencia del yo)? ¿Es la complejidad de la mente humana, en función del lenguaje, lo que nos hace humanos? ¿Es acaso el rasgo humano clave el lenguaje, que hace posible la percepción de parte de la riqueza y de la contraintuitiva complejidad del universo? ¿No es humana entonces una persona que carezca de la capacidad para el lenguaje? ¿Son las emociones y los sentimientos (la percepción consciente de las emociones), que mantienen al ser humano en contacto mental con la realidad, lo que define al ser humano? ¿No tienen acaso sentimientos otros animales con un cerebro suficientemente complejo? ¿Es la clave la cultura, la sociabilidad, la capacidad de autocontrol…?

Para tratar este asunto hay que tener en cuenta que la mente es un eslabón más en una compleja cadena evolutiva. La hominización es también un acontecimiento evolutivo más.

Que se sepa, sólo una especie animal es humana en la actualidad, Homo sapiens sapiens, y esto es muy importante, porque, por poner un ejemplo, varias especies distintas son felinas. De modo que la especie humana actual, a pesar de su diversidad de razas, es, de hecho, y que se sepa, la única especie viva representante del género Homo, que a su vez es también el único género vivo representante de la familia de los homínidos. Si hubiese varias especies del género humano vivientes, como sucede con otros géneros animales, el antropocentrismo estaría repartido entre varias especies, y no llamarían tanto la atención las peculiares características del ser humano (como su capacidad mental).

El hombre pertenece al orden de los primates. El orden de los primates probablemente surgió hacia el pleoceno, en la era terciaria, hace unos 60 millones de años, quizá evolucionando a partir de mamíferos insectívoros parecidos a musarañas. El orden de los primates se divide en dos subórdenes: prosimios y simios. El suborden prosimios se divide en los infraórdenes de lemuriformes, lorisiformes y tarsiformes. El suborden de los simios, o antropoideos, se divide en los infraórdenes de platirrinos y catarrinos. Los platirrinos son monos con cola, y menos evolucionados que los catarrinos. Hay tres géneros de platirrinos, tití, cebus y ateles. Los catarrinos aparecieron hace unos 50 millones de años, en el eoceno; se caracterizan, entre otras cosas, por tener 32 dientes, como el ser humano adulto. Hay 4 familias de catarrinos: cercopitecos, hilobátidos, antropomorfos y homínidos. Sólo una familia de catarrinos tiene cola, la de los cercopitécidos, pero no es prénsil. Las otras 3 familias de catarrinos no tienen cola.

La familia de los hilobátidos, o gibones, está menos evolucionada. La de los póngidos, o antropomorfos, se puede agrupar en una misma familia con los hilobátidos, al no ser humanos y compartir el rasgo común de la ausencia de cola. La familia de los antropomorfos se divide en 3 géneros: Pongo u orangutanes, Pan o chimpancés y Gorilla.

La cuarta familia del infraorden de los catarrinos es la de los homínidos, con dos géneros conocidos: Australopithecus, ya extinguido, y Homo, con varias especies conocidas, como Homo erectus y hombre de Neandertal, ambas ya extinguidas, y con una sola especie representante del género Homo viva en la actualidad: Homo sapiens sapiens, el ser humano moderno. El hombre es por tanto un simio catarrino de la familia de los homínidos, caracterizado por ser la única especie viva representante del género Homo.

Según los paleoantropólogos, es probable que el cerebro estuviera preparado para el lenguaje antes que los órganos de la fonación para el habla. ¿Es el don de la palabra, que otorga al ser humano la capacidad de reflexión y autoconciencia, el rasgo humano clave, aparte de su peculiaridad como único representante vivo de su género, su soledad autoconsciente, o cuál es sino su rasgo característico clave?

Los animales de una misma especie se reconocen como pares, y así lo manifiestan a través de su conducta. Pero, para identificar la "humanidad" a simple vista probablemente se requiera el reconocimiento de algo peculiar, y éste algo quizá sea no el lenguaje, ni la inteligencia, sino otra cosa, lo siguiente: el fenómeno de la neotenia asociado al antropomorfismo. Ésta es pues la conjetura que se plantea aquí: un ser humano es un simio catarrino antropomorfo que se ha vuelto bípedo y que manifiesta neotenia.

El fenómeno de la neotenia consiste en manifestar en la etapa adulta características infantiles o larvarias. La neotenia se da con cierta frecuencia: se observa en especies de anfibios que conservan las branquias, como en el caso de Proteus anguinus, o como en el caso del ajolote también; parece observarse, así mismo, en insectos ametábolos que conservan su morfología larvaria, como el lepisma, etc. (es decir, se da tanto en protostomios como en deuterostomios).

El ser humano también parece manifestar la neotenia, pues se diría que es una versión evolucionada de un antepasado común a antropomorfos (chimpancés, gorilas y orangutanes) y homínidos (Australopithecus y Homo), que, aparte de haberse vuelto bípedo, hubiera manifestado un progresivo y notable infantilismo.

En comparación con otros antropomorfos adultos, el hombre presenta a simple vista el infantilismo en varios rasgos: hipotrofia de la mayor parte del pelo, brazos cortos y cráneo grande en proporción al cuerpo; es decir, es como un niño de gran tamaño (pero con capacidad de reproducción). Los ojos son grandes en relación al resto de las partes de la cara; la cara es pequeña en relación al tamaño del cráneo. Los maxilares son relativamente pequeños en comparación con especies afines con menos infantilismo; el hocico ha retrocedido (como le pasa también al perro respecto del lobo, del que es una versión infantil). Los dientes son pequeños en comparación; incluso se puede apreciar a simple vista la reducción en el número de piezas dentales del hombre adulto en comparación con otros catarrinos menos infantilizados (los catarrinos presentan 32 dientes): en muchas personas ya no brotan las muelas del juicio inferiores, signo de esta hipotética regresión progresiva hacia la infantilidad.

El gorila sirve como ejemplo del polo opuesto al hombre. El gorila adulto manifiesta los caracteres que uno esperaría encontrar en un antropomorfo adulto maduro y sin aniñar: abundante y recio pelo por el cuerpo, mandíbula y caninos grandes, cara grande en relación al cráneo, uñas gruesas, brazos largos, etc. Ya las propias crías de gorila a simple vista manifiestan poca neotenia en comparación con las de chimpancé, más parecido al hombre que el gorila, y, por supuesto, dado que las crías del chimpancé manifiestan menos neotenia que las crías de hombre, las crías de gorila también manifiestan menos neotenia que las crías de hombre.

Las personas de raza negra y raza amarilla parecen manifestar más neotenia que las de raza blanca. Por ejemplo: los varones asiáticos suelen ser lampiños y poseer epicanto. El epicanto está presente en los blancos sólo durante la infancia (dando lugar en ocasiones, por cierto, al cuadro clínico llamado seudoestrabismo).

En los fósiles de niños primitivos desenterrados en la sierra de Atapuerca, los paleoantropólogos han descrito una similitud entre la cara de esos niños primitivos y la cara del hombre adulto moderno. Tal similitud se perdía al crecer el niño primitivo y desarrollar rasgos arcaicos en la edad adulta, como el arco superciliar y el prognatismo (el prognatismo tal vez fuera a su vez un vestigio rudimentario del otrora hocico).

En la actualidad se conservan estos rasgos infantiles en la edad adulta, más en la mujer que en el varón, en el que todavía parecen insinuarse rasgos arcaicos, como el arco superciliar.

Lo único que aparentemente no encaja en este rostro aniñado del hombre moderno es la presencia de la gran nariz que lo adorna en su centro, pero ello no indicaría necesariamente falta de infantilismo de la nariz, porque la selección del mayor o menor tamaño de cada órgano está influida por factores diversos, independientemente de la influencia que la neotenia pueda tener.

La talla del ser humano es mayor en la actualidad que la de sus versiones primitivas menos infantiles, como el Australopithecus. Sin embargo, la talla actual ni es incompatible con la neotenia ni indicaría tampoco infantilismo por eunucoidismo (el eunucoidismo incrementa la talla final de un individuo), ya que el eunucoidismo habría dificultado la procreación, al relacionarse con una falta de maduración gonadal.

La infantilidad del ser humano probablemente sea la clave de su singularidad como antropomorfo singular, como ser distinto a cualquier otro, el rasgo humano clave, aquéllo que le da su aspecto peculiar y que a simple vista lo distingue de forma evidente de su pariente vivo más próximo: el chimpancé, por delante incluso del don del lenguaje complejo (y más aun teniendo en cuenta que algunos investigadores han conseguido entenderse por signos con algunos chimpancés).

De ser cierta esta conjetura acerca de la correlación entre hominización y neotenia, una dificultad para intuir la importancia de la neotenia en la hominización provendría del engaño derivado del hecho de llamar antropomorfo al orangután, cuando habría que llamar "pongomorfo" al hombre, ya que no es el orangután el que tiene aspecto de hombre, sino el hombre el que se parece al orangután.

¿Estará la neotenia detrás del peculiar desarrollo cerebral del hombre? Tal vez, al aumentar el tamaño relativo del cráneo en la etapa adulta para conservar las proporciones infantiles (los niños son "cabezones"), se haya visto obligado a aumentar de forma paralela todo el segmento cefálico, tanto el continente, el cráneo, como el contenido, el encéfalo, sin que esa hiperplasia e hipertrofia neuronal haya supuesto una mutación morfofuncional inviable, sino al contrario (con la excepción de las personas con malformaciones por megalencefalia).

De momento, la persistencia de la especie humana en la biosfera como especie viable da sentido a esta conjetura, aun teniendo en cuenta que el aumento del volumen ocupado por el cráneo no haya sido exactamente paralelo al aumento de la masa cerebral (como el cerebro del hombre aumentó más que el volumen del cráneo, el cerebro agrandado ha sido viable gracias al desarrollo concomitante de las circunvoluciones, plegándose sobre sí mismo y caber así dentro del cráneo con su nuevo volumen, con dos vías en este sentido, una más viable, y otra menos viable, esta última en los casos citados de personas con megalencefalia, o gigantismo cerebral, del que hay tipos diversos y frecuentes, y que son categorizados por sistema como estados patológicos por los médicos).

El ser humano acostumbra a rodearse en su ambiente doméstico de animales que manifiestan neotenia, versiones infantilizadas de la especie original, como la vaca lechera (compárese con la vaca brava), el cerdo (compárese con el jabalí), o el perro (compárese con el lobo), y otros, por ejemplo: resulta llamativo que últimamente se estén abriendo granjas para intentar la cría del avestruz en Europa, porque esta ave es como un pollo descomunal, con unos ojos enormes en una cabeza desplumada, y con unas absurdas alas hipotróficas con las que no puede volar.

La neotenia, en el caso del perro, no sólo se manifiesta en su morfología, sino también en su conducta: el perro adulto se comporta como un cachorro juguetón y torpe; no muestra la fiereza ni la implacable intencionalidad del lobo, salvo excepciones. Es probable que el ser humano, como el perro, manifieste la neotenia en su conducta también.

Ésta podría ser la explicación de la inmadurez y despropósito que con frecuencia se aprecia en el comportamiento de los adultos, independientemente de la ya de por sí natural tendencia al caos de la humanidad en función de fenómenos emergentes asociados a la suma de individuos en unidades sociales, que alienan al individuo en beneficio del funcionamiento como grupo (que no tiene porqué ser beneficioso para el individuo).

Aparte del juego desorientado (incluso en momentos en los que no interesa jugar), el infantilismo le supone un segundo problema al hombre adulto: la labilidad emocional. Es difícil encontrar a un adulto humano que no llore o ría a la menor ocasión (de hecho, con frecuencia ya se define a la vida humana como una suma de penas y alegrías, cuando la vida no es más que otro fenómeno emergente sistemático).

En un adulto este infantilismo puede llegar a ser contraproducente, si lleva a la pérdida del autocontrol, que a su vez lleva al despropósito, con impredecibles consecuencias. Esta actitud infantil parece tener que ver con la tendencia natural del caótico ser humano a meterse en líos, cuando, el cerebro, como sistema de computación, sirve precisamente para lo contrario: para solucionar problemas. Por tanto, a mayor madurez, menos problemas.

 

Autor:

Manuel Fontoira Lombos

Doctor en Medicina. Especialista en Neurofisiología Clínica.

manuel.fontoira.lombos@sergas.es

 

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¿Vendrán nuestros grandes cerebros de los Neanderthales?

Por philosophico - 10 de Noviembre, 2006, 15:32, Categoría: Edad Antigua

http://www.astroseti.org/vernew.php?codigo=2583

¿Vendrán nuestros grandes cerebros de los Neanderthales?

 

Recientemente un equipo de antropólogos anunció el hallazgo en Rumanía de unos extraños restos humanos con rasgos tanto de Neanderthales como de Homo sapiens. Ahora, otro equipo, tras estudiar cierto gen, sugiere que ambas especies pudieron realmente cruzarse.

¿Vendrán nuestros grandes cerebros de los Neanderthales?
PUBLICADO: 1532 GMT (23:32 HKT), 8 noviembre 2006

 

Los científicos han venido debatiendo desde hace largo tiempo si los Neanderthales, que desaparecieron hace aproximadamente 35 000 años, se cruzaron alguna vez con los humanos modernos Homo sapiens.

WASHINGTON (Reuters) – Los Neanderthales podrían haber dejado a los humanos modernos, por quienes fueron reemplazados, un regalo valiosísimo: un gen que nos habría ayudado a desarrollar nuestro cerebro superior, según informaron científicos estadounidenses este pasado martes.

Y la única forma por la que pudieron transmitirnos ese regalo tendría que ser la hibridación entre especies, comentó el equipo del Instituto Médico de la Universidad de Chicago.

El estudio, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, aporta evidencias indirectas de que los modernos Homo sapiens y los así llamados Neandertales se cruzaron entre si en algún momento, cuando ambas especies convivían en Europa.

“Encontrar evidencias de esta mezcla es algo absolutamente sorprendente, pero nuestro estudio demuestra la posibilidad de que el entrecruzamiento contribuyera con variantes ventajosas al conjunto de los genes humanos, las cuales se transmitieron posteriormente”, dijo Bruce Lahn, investigador del Instituto Médico de la Universidad de Chicago que dirigió el estudio.

Los científicos han debatido desde hace largo tiempo si los Neandethales, que desaparecieron hace unos 35 000 años, procrearon alguna vez con los Homo sapiens. Se considera que los Neandertales eran más primitivos, con huesos más robustos pero con un menor intelecto que los humanos modernos.

El equipo de Lahn encontró un gen en el cerebro que parece haber entrado en el linaje humano hace aproximadamente 1,1 millones de años, y que posee una forma moderna (o alelo) que apareció hace 37 000 años; justo antes de que se extinguieran los Neandertales.

“El gen microcefalin (MCPH1) regula el tamaño del cerebro durante la fase de desarrollo y ha experimentado una selección positiva en el linaje que condujo al Homo sapiens”, escriben los investigadores.

La selección positiva quiere decir que el gen confirió alguna clase de ventaja, de modo que las personas que lo poseían tenían más posibilidades de transferírselo a sus descendientes que los que no lo tenían. El equipo de Lahn estimó que el 70 por ciento de todos los seres humanos vivos poseen esta variante de tipo D del gen.

“Este hallazgo no constituye, bajo ningún concepto, una prueba definitiva de que los Neandertales sean la fuente de la copia original de este alelo D. Sin embargo, nuestras evidencias demuestran que es uno de los mejores candidatos”, comentó Lahn.

Los investigadores alcanzaron sus conclusions tras efectuar un análisis estadístico de la secuencia del ADN del gen microcefalin, del que se sabe que juega un papel importante en la regulación del tamaño del cerebro en los humanos. Las mutaciones en este gen causan el desarrollo de un cerebro mucho más pequeño, condición conocida como microcefalia.

Rastreando mutaciones pequeñas y más regulares, los investigadores pudieron observar el “reloj genético” del ADN y fechar la variación genética en hace 37 000 años.

Se dieron cuenta de que este alelo D es muy común en Europa, donde los Neandertales vivieron, y más raro en África, donde no existieron. Lahn comentó que no está muy claro la clase de ventaja que el alelo D dio al cerebro humano.

“Tal vez los alelos D ni siquiera cambiaron el tamaño del cerebro; tal vez solo hicieron que el cerebro fuese un poquito más eficiente, si es que de verdad afectaron a las funciones cerebrales”, comentó Lahn.

Ahora su equipo está buscando evidencias de origen Neanderthal en otros genes humanos.

 

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